sábado, 17 de febrero de 2018

De recuerdos y tragedias

Dos horas de coche diarias (si no más) dan para mucho en el trayecto. Y una de las cosas para lo que dan es para escuchar música. Y no una música cualquiera, sino la música que durante años ha sido la que me ha marcado y, supongo, definido parcialmente.

Uno de los discos que he vuelto a escuchar ha sido el Vs, de Pearl Jam. Sin duda, mi grupo favorito, y al que, curiosamente, no he visto nunca en directo (este año, en Madrid, pinta que tampoco podrá ser). Recuerdo de este disco, cuando salió, que fue el que me descubrió al grupo, que ya llevaba un rodaje interesante y desconocido para mí por aquel entonces. Ponían a todas horas la canción Daughter en la radio y yo flipaba con lo que me provocaba. Intuyo que tendría 15 o 16 años y me quedé alucinado con lo buenos que me parecía. Llevaba un par de años, con el paso al instituto, escuchando música a diestro y siniestro. Todo lo que me copiaban, me dejaban, me comentaban o ponían en la radio me parecía la leche.

Resultado de imagen de cinta tdkEl que compraba los discos en casa era mi hermano y yo, por ende, escuchaba su música, que no me disgustaba y gracias a ella empecé a tener más inquietud por saber y conocer más grupos. Al no tener mucho dinero casi nunca, tenía que andar siempre pidiendo una copia en una TDK de 60 para poder disfrutar de los nuevos discos. Modo gorrón a tope dada la precariedad (un saludo a los amigos del billete de 1000 ptas. del que me encariñaba tanto, que me daba palo cambiarlo. Gracias por la paciencia). El caso es que después de Daughter pude escuchar la que creo es una de mis canciones favoritas, como Rearviewmirror. Pero no me quedé ahí y quería saber más sobre el grupo en cuestión. Hasta que me llegó la oportunidad de escuchar un disco anterior de ellos, muy exitoso y del que había vivido hasta entonces ajeno a su existencia (impensable) donde cada canción era mejor que la anterior. Tocaba el cielo con mi walkman y mis auriculares, disfrutando de la música y de ese Rock tan diferente que arrasaba en Seattle y llegaba a España como la gran novedad (grunge). Empecé a dejarme crecer el pelo, quería teñirme la barba de blanco, pintar mi habitación de negro, camisetas de grupos, y camisa de leñador atada a la cintura, con vaqueros y zapatillas lo más raídas posibles.

El caso es que en ese disco Ten había una canción que narraba un hecho que conmocionaba por entonces a los yankees por lo brutal del mismo. La canción en sí es Jeremy (ver vídeo al final de esta entrada), inspirada en la historia de Jeremy Wade Delle. 

Jeremy era un chaval introvertido oriundo del estado de Texas que un día de Enero del 91 exclamó en clase, delante de sus compañeros y su profesor,  haber encontrado lo que buscaba. Sacó un revólver,  lo introdujo en su boca y disparó.El impacto de la noticia, que había llegado a todos los rincones, inspiró la canción bajo la pregunta cómo pudo pasar algo así.

Sin duda, esa pregunta, a raíz de los acontecimientos de esta semana en Florida, nos la podemos seguir haciendo, pero sabiendo claramente ya la respuesta. Recordemos que la historia de Jeremy ocurrió en el año 1991.

Reflexionar sobre la relación de los americanos con la posesión de armas amparada por la segunda enmienda de su constitución es tarea de los medios mundiales. Esta reflexión está tan impregnada en el ADN ciudadano, que provoca ofensa a los que, tras cada triste acontecimiento, acusan de reabrir un debate doloroso, y en el que el sector conservador (y de extrema derecha), animados por el lobby de la AsociaciónNacional del Rifle y su tan famoso ex presidente, Charlton Heston , se abalanzan para decir la ya conocida frase “este debate no toca abrirlo ahora. Dejemos que todo se enfríe y no solucionemos las cosas desde el dolor”. 27 años han pasado y pasarán más de mil años, muchos más.

El recuerdo que me llevó a escuchar de nuevo ese disco fue precisamente este pasado 14 de Febrero y coincidió con otro brutal atentado en un instituto, a manos de otro chaval introvertido, con problemas familiares y de largo recorrido, que desembocaron en la matanza.

Te pones a mirar la lista deasesinatos de esta índole y, curiosamente, la mayoría han ocurrido en Estados Unidos, el mismo país a la cabeza en el comercio de armas, de la mano de Rusia y China (ahora se les suma Corea, la mala) y el mismo país que habla de seguridad de sus fronteras, de los terroristas islámicos (adiestrados con sus fondos y armas en la época de la Guerra Fría) que pretenden matar el sueño americano y la libertad del mejor país del mundo, como ellos se califican.

Ninguno de los presidentes habidos desde la elaboración de la Constitución americana ha abierto el debate del control de tenencia de armas dentro de sus fronteras con éxito.  El presidente actual, escribe un Tweet y fin del tema. Obama lo intentó pero los del Rifle se opusieron a ello (solo por intentarlo te dan el Nobel de la Paz, aunque luego bombardees Siria y Afganistán). Y el problema dicen que viene de fuera, cuando está en casa y lo han criado desde bebé.

Desconozco cómo se puede asumir una tragedia así. Soy incapaz de imaginarme el dolor de los padres que llevan a sus hijos a un instituto y es la última vez que los verán. Imposible imaginar cómo se puede vivir en un país donde hay más armas que habitantes y se pone una ley estricta para evitar que un chico de 16 años compre alcohol pero que sí pueda comprar fácilmente con 18 años un rifle de asalto (siempre que no seas extranjeros y no tengas antecedentes).

A todo ello, hay que sumarle la pérdida absoluta de valores sociales basados en el respeto a lo diferente y que establece una sociedad competitiva que se encarga de eliminar todo aquello que no entra en el flujo de la corriente dominante. Puedes entrar y sufrir las consecuencias, o quedar fuera y asumir que debes ser señalado como algo anómalo. Es el perfil generalizado de estos chicos que acaban cometiendo semejantes actos de terrorismo. Los mecanismos sociales no son capaces de abarcar las necesidades concretas en familias desestructuradas ya que se ven desbordados por el alto rango de desigualdad social en una de las primeras economías mundiales.


Como decían hace poco en un programa de radio, las verdaderas armas para acabar con barbaries como las que asistimos a diario en cada rincón del planeta están, precisamente, en lugares como en los que se cometió esta semana el asesinato de 17 chicos y los mejor armados son los profesores, que disponen de las herramientas necesarias para que la sociedad futura evolucione hacia una sociedad de valores humanos, del respeto a lo diferente, a lo diverso y global a la vez, donde no sea necesario invertir el 3 % del PIB mundial en armamento y sí en recortar la gran distancia que nos separan a unos de otros dependiendo del lugar donde naces o el color de tu piel. Las mejores armas se encuentran en las escuelas, y debemos dejar que las enfunden los más preparados para ello; los profesores.


Anotación del 25 de Febrero de 2018:

Parece que la última frase escrita en este post fue una premonición mal interpretada por ese personaje que dice ser presidente de todos los americanos. El señor de la tortilla en la cabeza a declarado que, efectivamente, las mejores armas se deben encontrar en las escuelas. Nada que ver con la alusión metafórica por mi parte de la educación, sino con el hecho real y literal de la frase: Donald Trump quiere que, ante el problema de las armas, los profesores respondan con más armas. "Quiero que mis escuelas estén protegidas igual que quiero que mis bancos estén protegidos". La intención de este señor es motivar sobre esa idea al profesorado a base de darles bonus económicos, o lo que es lo mismo, comprar conciencias. 

Semejante atrocidad no merece ni un minuto de atención. Me quedo con este otro vídeo de uno de los supervivientes del atentado ante el senador Rubio, cuya campaña está financiada por la Asociación del Rifle. 


sábado, 10 de febrero de 2018

Con dudas

Dudas sobre si uno lo estará haciendo bien en la vida, principalmente. ¿Y quién decide qué está bien y qué está mal? Pues, tratándose del este tema en cuestión, entiendo que el primero; yo mismo. Y después, todos los que me rodean, con mayor o menos cercanía.

Empezando por mí, creo que para saber si voy por un camino correcto, deberé plantearme antes qué es un camino correcto. Deberé saber qué es eso de estar haciéndolo bien en la vida. Creo que no hay un concepto universal para ello y que las dudas, por tanto, están fundadas por las pocas posibilidades de encontrar una respuesta válida.
Intuyo que también influye un factor importante para responder como es el contexto en el que se ha movido y se mueve mi vida, ya que eso también condiciona mi manera de pensar y de actuar. Y sobre todo, condiciona mi personalidad, ya que, en mi caso, ese contexto ha modificado mucho mi forma de ser.

Una de las cosas que aporta la edad y el paso del tiempo, es que vas acumulando una muestra válida para empezar a hacer valoraciones. Se podría decir que, en números gordos, uno ya ha vivido la mitad de su vida.El mero hecho de llegar a hacerme una reflexión así acojona. Sobre todo cuando sigues viéndote como en los años de estudiante y no piensas que ya han pasado muchas cosas desde entonces. Por otro lado, esa muestra acumula una serie de vivencias que, en mayor o menor medida, te han ido dando forma como persona y han ido definiendo el concepto de lo que tú eres a día de hoy. Me gusta pensar que es como la mesa de la cocina en casa de tus padres que ha visto pasar tantas historias y que en sus marcas, manchas y desperfectos, definen algo común a todos los que se han sentado alguna vez a ella.

Mis dudas, en este caso, vienen ahora por saber, como indicaba al principio, si el camino que llevo lleva a algún sitio positivo. Y luego viene la pregunta de si es más importante el destino o el trayecto. Yo creo que ambas cosas en su justa medida. Pensar en lo que has vivido hasta ahora y en lo que le queda a uno por pasar es triste (por no poder repetir lo bueno), reconfortante (por poder dejar atrás lo malo) e interesante (por saber lo que está por venir). 
Estas dudas han aparecido hace poco porque he estado pensando en esas cosas vividas que han ido cambiando mi forma de ser, fundamentalmente, a peor, y pienso con mayor frecuencia en el concepto que tienen de mí los que me rodean, sobre todo los que más me importan, y qué recuerdo dejaré el día que no esté. Y en ese recuerdo va todo, no solo lo más reciente, sino todo lo que uno es capaz de abarcar con la memoria, como los recuerdos que uno tiene de esos grandes momentos con sus abuelos durante la niñez hasta el día en que toca despedirse. Son de largo recorrido. Y yo creo que no sean como estas reflexiones, sino de muy buena calidad. De piel- piel, como las chaquetas buenas de antaño.

Pienso en los errores que cometo por mi tozudez, por mi manera desenfocada de ver las cosas, por intentar actuar de manera coherente cayendo constantemente en incoherencias, en que mis cagadas puedan ofender y molestar a los demás, en que les genere pena por ello y en arrepentirme tarde de no haberme dado cuenta de que determinadas decisiones llevaban a destinos no muy buenos.

Me puedo justificar diciendo que todos la cagamos, pero es que a mí se me queda corto ese argumento, porque cuando intentas seguir el lema de intentar llevar una vida lo más coherente posible sin que sea a costa de los demás, vas a cometer errores que, en ocasiones, afectarán a los que te rodean.

Un día me gustaría sentarme con todos los que creen que alguna vez me he equivocado con ellos en algo (con algunos ya lo he hecho) y ver dónde reside la base de esas diferencias, para saber si puedo corregirlas o simplemente debo convivir con ello e intentar no cagarla la próxima vez.
La verdad es que es jodido tener una responsabilidad tan grande como ser una buena persona. Más aún si  tienes la capacidad de que lo que hagas o digas, provoque un cambio, por pequeño que sea, en alguien de tu alrededor.


A grandes planes, grandes decepciones. Todo reside en saber gestionar durante el camino de la mejor manera posible. Pero eso no se enseña… 

jueves, 26 de octubre de 2017

Deseos

Me sigue resultando sorprendente cómo podemos ver la vida con tantas perspectivas con la mezcla del paso del tiempo y un ligero cambio de aires.
Esos nuevos aires están haciendo que vuelva a acercarme a la lectura, la cual tenía largamente olvidada. En los últimos dos meses he leído ya cuatro libros y todos ellos me han dejado algo en común: retomar las ganas por escribir.
No es el momento, quizás tampoco el lugar, pero sé que algún día podré dedicarme a intentarlo. Sigo sin saber cómo, ni sobre qué, pero intuyo que algo haré, de algún modo.
Cuanto más leo, más recuerdo cómo nacieron mis ganas de expresar ideas con las letras. Y recuerdo el tiempo en el que nació aquella sensación, que trae consigo una mezcla de muchas cosas, de muchos sentimientos y de muchos otros recuerdos.
Llegué incluso a empezar a dar forma a una idea sobre una historia. Algo que, como casi siempre que me siento a escribir, viene provocado por un jaleillo emocional acaecido. Es como la manera de calmarlo. De sacarlo.
Abrir el candado de la imaginación
Recuerdo que, aún en casa de mis padres, en lo que fue la habitación de mi hermana  y que pasó a ser mi estudio cuando ya no estaba, me quedaba largas horas en el ordenador jugando a un videojuego que llegó a aburrirme soberanamente. Cuando me cansé, decidí abrir el editor de texto y empezar a juntar frases según me salían. No tenía ni idea pero las tres primeras líneas resultaban ser una mezcla de la expresión de mis sensaciones, con la idea de intentar ponerlas fuera de mí, en la persona de otro. Y así fue como me lié a inventarme cosas completamente improvisadas.
Resultó que, lo que había empezado un poco de casualidad, sin saber bien en qué matar el tiempo, empezaba a tomar una forma rara, pero a la vez, empezaba también a definirse. Me daba cuenta de que, a medida de que escribía, mis ideas me iban llevando por calles un poco resbaladizas. Pecaba de ufano y pensaba que, si dejaba simplemente salir mis ganas y la inspiración que me viniera a visitar, todo iría tomando forma por sí solo, como si yo solamente fuera el que apretaba las teclas, la marioneta al que movían con hilos. Pero nada de eso. Los personajes se me aparecían en la cabeza y sus diálogos se me mezclaban con cosas vividas, o con cosas vistas, se enredaban, empezaban a atascarse. Una idea no encajaba con la otra, pero, de repente, algo aparecía que le daba una nueva vía de escape a la trama.
La mezcla de recuerdos de escenarios con los imaginados, era una manera de empezar a hacerme preguntas sobre cómo y qué podía contar que fuera creíble. Entendía que mi entorno de aquel entonces debía formar parte de todo como envoltorio, ya que era de algo de lo que podía escribir con credibilidad, pero pronto me di cuenta que había que hacer un trabajo muy complejo para que la cosa tomase cuerpo en condiciones.
Todo se fue mezclando y la temática derivaba en un tema delicado y de actualidad por aquel entonces. Me vi sacando libros de la biblioteca sobre temáticas peliagudas y leyéndolos en el metro, forrando las tapas para que la gente no me mirase mal, ya que pude percatarme en alguna ocasión de que más de uno se llevaba una impresión errónea sobre mí.
Creo que, por aquel entonces, estaba muy frustrado por tener que repetir la Selectividad, que me daría acceso a la Universidad. Me había quedado rezagado del resto y pensaba que no iba a sacar fuerzas yo solo, para repetir lo que ya había aprobado, así es que me apunté a una academia todo el curso, que me pagaba trabajando en verano. Esa frustración fue la motivación para escribir.
Los trayectos en el metro eran una mezcla de repaso de apuntes de la academia, con lectura de tres libros simultáneos para tomar notas que pudieran dar un poco de cuerpo a la historia y los detalles.
Me reencontré en mis horas de estudio con antiguas personas con las que coincidí en otros tiempos y se convirtieron en improvisado jurado de lo que se me iba ocurriendo. Necesitaba ver por dónde iba y qué sensaciones le provocaba lo escrito a los demás.
Llegó la selectividad, la prueba que me daría posteriormente acceso a estudiar la carrera que elegí (no la que quería) y que me ha llevado a donde ahora estoy. Tuve que dejar todo para preparar los exámenes y, a la vuelta del verano, empecé una etapa en la carrera que recuerdo con mucho cariño por muchas cosas. Me zambullí en experimentar todo aquello, lo cual era de lo más agradable y, a veces, de lo más jodido. Fueron un par de años que me renovaron en muchos sentidos, por dentro y por fuera.
Entonces me di cuenta de que el tiempo y un cambio de aires ayudan a limpiar las telarañas de la cabeza y los nubarrones grises que nos colocamos muchas veces.
Esa pausa que me dio la selectividad se está alargando mucho, pero intuyo que más pronto que tarde, me montaré un despachito agradable, en el que entre la luz del sol por la mañana, con una mesa repleta de papeles y un ordenador con una hoja en blanco en la pantalla que ponga Capítulo 1.
Antes de llegar a ese momento, deben pasar muchas cosas y tengo que aprender otra tonelada de otras para saber sofocar mi osadía de entonces, pensando que las musas escribirían fácilmente una historia por mí. Aprender a ligar ideas, a documentar párrafos, a dar vida creíble a personajes reales…Son muchos deseos. Pero todo llega.


PD.: Si a alguno le da por leer este post, le recomendaría que leyese cuanto antes El libro de los Baltimore, de Jöel Dicker. Creo que ese libro me ha dejado una sensación tan buena, que podría empezar a leerlo ahora mismo de nuevo.

sábado, 12 de noviembre de 2016

CONSECUENCIAS

Que la humanidad se ha vuelto loca es algo que parece evidente para muchos. Que esa locura está acabando con nuestro entorno, con nuestro planeta, es algo que muchos aún no quieren ver (por sus intereses personales o profesionales) pero que pasará de manera irremediable a pesar de los necios que lo niegan. Que estamos contribuyendo a que esa cadena de relaciones causa- efecto se acelere, es palpable a tenor de las decisiones que las sociedades occidentales, principalmente están tomando (París será siempre la ciudad de la Torre Eifel y no donde se dijo que había que ponerse las pilas para que tengamos agua para todos en los próximos 50 años). Ponemos nuestras vidas y las de nuestras futuras generaciones en las manos equivocadas y luego nos sorprendemos de los resultados.
Errores pasados presentes
Aparentemente, la sociedad, como conjunto de personas que comparten entorno y se relacionan entre sí, limitando con normas y acuerdos esa relación, está basada en una idea interesante, llevada de manera fatal a la práctica, en mi más humilde opinión. Los últimos acontecimientos políticos en España y USA son buenos ejemplos de cómo en esas sociedades, una gran parte de su población va a quedar estigmatizada y asumirá consecuencias que les afecten negativa y directamente, sin haber sido ellos los que hayan decidido.
Mi corta imaginación no da para imaginar sistemas sociales donde la igualdad y la justicia sean más patentes. Los principales culpables de que todos esos sistemas no sean más que utopías somos nosotros mismos, los que formamos parte de esas sociedades.
Que Internet será el mayor avance tecnológico de nuestra era, con una repercusión global como lo pudo ser el fuego, la rueda, la imprenta, o el aeroplano, no se le escapa a nadie. Que de ese avance tecnológico nos hemos hecho esclavos y hemos condicionado nuestra evolución social, para lo bueno y para lo malo, creo que se va palpando más y más a diario. Hemos creado una herramienta que ha cambiado nuestra vida para siempre, pero nos somos conscientes ni tenemos capacidad de medir las consecuencias que ello nos acarreará.
Compartimos nuestra intimidad a diario, consciente o inconscientemente y nos parapetamos en una aparente seguridad y anonimato que no existe. Cada uno de nuestros pasos, de nuestros deseos, de nuestros gestos informáticos en Internet, dejan un rastro que nos definen, que nos deja al descubierto. Internet es una puerta de infinitas posibilidades, con una proyección exponencial de las consecuencias de sus acciones, positivas y negativas.
En el anterior post mencionaba las contradicciones de nuestra sociedad con las decisiones que tomamos. Yo mismo me doy cuenta de que, con mis actos más que normales, me contradigo entre lo que pienso y hago, comprando por ejemplo en cadenas de multinacionales, ropa que sé que ha sido elaborada por mano de obra explotada, por ejemplo. ¿Por qué lo hago entonces?
Para mí, la respuesta es compleja y sencilla a la vez. Si la respuesta se puede contestar a la gallega con otra pregunta, sería ¿qué alternativa se me ofrece? ¿Está ajustada esa alternativa a la necesidad de una mayoría y a los principios de esa mayoría? Esas preguntas, creo que también serían complejas de contestar. La respuesta sencilla, para mí, sería decir claramente, que soy una marioneta del sistema, con derecho a pataleta en nuestras amadas redes sociales, que han aumentado nuestro nivel de frivolidad hasta unas cotas insufribles.
Alguien me podría decir que no compre ese artículo en esa tienda que explota incluso a niños. Podría irme a una tienda de Comercio Justo y gastarme 3 veces el valor del anterior artículo, y pensaría que ese comercio es justo para los que lo producen, pero que el sistema no lo es conmigo. Para ser consecuente con mi conciencia, debo emplear más dinero (incluso en desplazarme a esa tienda, que ha sido apartada del centro comercial masivo donde se concentra la atención del cliente), pero por ser consecuente con mi sociedad, yo no voy a recibir más sueldo, al contrario. Por lo tanto, mi libertad de decisión no es plena, sino que está condicionada por mi nivel económico y mis ingresos (hablo de artículos de primera necesidad, no de lujos como unas gafas de sol, por ejemplo). El sistema me ha condicionado y sugestionado para que, finalmente, mi elección sea contraria a mis principios.
El idealismo lleva dándose de tortas con la realidad durante toda la historia de la humanidad. Somos capaces de conceptuar esos elementos de armonía, pero como sociedad, no seremos nunca capaces de llevarlos a cabo. Como ya he dicho, buen fondo, nefasta puesta en escena.
Somos por tanto en germen de nuestra decadencia. Nos hemos inventado como grupo con taras, y hemos creado tarados para que nos dirijan. Lo hemos asumido como algo normal, y en las últimas dos décadas, no hemos otorgado de las herramientas suficientes para que nuestros niveles de estupidez e ignorancia aumenten de manera gradual y proporcional, al nivel de control que esos tarados ejercen sobre nosotros. En el pasado nos dimos conceptos como el de democracia, república, elecciones, voto y hemos ido aparcando valores como la reflexión, el diálogo o la compresión del otro (la ahora llamada inteligencia emocional), los hemos estigmatizado dejándolos en el mundo del idealismo, y los hemos sustituido por la inmediatez, la posesión de lo material y, sobre todo, Internet.
El mundo estaba bastante jodido desde hace tiempo, pero desde el martes 8 de Noviembre de 2016 es un lugar mucho peor en el que habitar. A mí, que espero que me quede aún media vida por delante, me importa ya eso un carajo, pensando en lo que les va a tocar vivir a las generaciones que vienen detrás. Ellas serán las que sufran aún más las consecuencias del cambio climático que negamos, la exaltación del fascismo que nuestra historia ha repetido numerosas veces, la quema de los valores sociales que se construyen entre individuos educados y con pretensiones nobles y, en resumen, un panorama realmente apocalíptico del que no soy capaz (y aunque lo fuera) de imaginarme sus vertientes más canallas.
Como dijo esta semana un analista de los resultados electorales de USA, cómo le explico a mis hijos mañana, cuando se levanten, que el mundo en el que yo les educo a ser respetuosos con el otro, con sus mayores, donde trabajar en común con la gente es mejor que trabajar contra ella, donde no les debe importar el color de la piel de su compañero de clase (¡qué sabrán ellos ahora de creencias u orientaciones sexuales!), ese mundo donde el fin no justifica los medios, donde yo soy igual de importante que el que tengo junto a mí…cómo les explico todo eso hace tiempo que no existe, y que se tienen que preparar para otro en el que pisas o te pisan.

Me cuesta horrores sacar una gotita de positivismo entre tanta mierda humana que generamos. Para qué engañarnos. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Catalogando

Diseñado para tu neceisidad
Viendo el catálogo de IKEA, una de las cosas que percibo en cada una de las páginas que ofrecen, es una sensación de irrealidad, de engaño permanente. Creo que los publicistas y encargados del marketing consiguen con ese catálogo exactamente lo que quieren; despertar en el cliente que esa irrealidad que ellos muestran en cada foto, en cada ambiente mostrado, es exactamente lo que ellos necesitan, lo que nosotros queremos y anhelamos. Yo mismo me descubro pensando en cómo quedará esa lámpara o ese mueble que veo en la realidad de mi cocina o mi salón, deformando esa realidad hasta hacerla coincidir con la de la foto para convencerme de que ése, y no otro, es el producto que encaja con mi necesidad y que IKEA lo ha vuelto a conseguir. Ha puesto, con muy poco, al alcance de mi mano ese poquito de felicidad y confort que me hacía falta, aún sin yo saberlo ni realmente necesitarlo.

Correr la cortina y ver la trastienda de todo eso es perjudicial para cada uno de nosotros. Nos interesa vivir ajenos a todo lo que queda detrás de las páginas del catálogo y que encierra un gigante mundial como esta empresa, de la que encuentras una tienda en cualquier ciudad de Europa y América donde el interés particular haya vencido al interés general de esa población.
Impresionantes superficies comerciales se abren paso generalmente a las afueras de estas ciudades (¿una manera de asegurarse una necesidad de transporte de sus objetos?) al amparo en muchos casos de acuerdos urbanísticos poco claros. Detrás de esas puertas se esconden las condiciones salariales de aquellos que hacen que el imperio se mantenga (de que prospere ya nos encargamos los clientes), la procedencia poco clara de sus materias primas, lo que ha sido necesario para conseguirlas (una producción a esa escala debe provocar una gran demanda de madera a nivel mundial. Desde la más absoluta ignorancia, ya que no he indagado demasiado en ello, pienso que la madera necesaria deja superficies taladas en algún lado y que la desertización, si no hay una repoblación efectiva de lo talado, avanzará tranquilamente. Si, además, esos focos de materia prima están en zonas protegidas o con valor natural a proteger, ¿respeta IKEA esos principios?) y los acuerdos comerciales poco claros que permiten una actividad entregada plenamente al capitalismo/ consumismo del que todos formamos parte. Un mecanismos que, en última instancia, alimentamos con nuestras supuestas necesidades a partir de un catálogo generadas.

Esa falta de contacto con la realidad de una actividad comercial, me pregunto si será extrapolable a la falta de contacto de la clase política con sus ciudadanos. Entiendo que, en ambos casos, el objeto común, el consumidor, también llamado pueblo soberano para que nos suene mejor, es tratado como un simple objeto dentro de un engranaje que responde a un fin mayor. De ese consumidor se espera nada más que ejerza su “libertad” condicionada (llámese catálogo o llámese promesa electoral) para que el engranaje siga funcionando, manteniéndole siempre alejado de la trastienda que esconde los entresijos de ese mecanismo, en ambos casos, llamado capitalismo. Formamos parte de él, queramos o no, y nos contradecimos constantemente entre nuestras acciones y principios. Exigimos que los políticos tomen contacto con la realidad de nuestras necesidades para que, con nuestro dinero, respondan a un teórico interés común de la sociedad, mientras nosotros compramos tecnología, ropa y otros objetos, cuyo origen es equivalente, en muchos casos, a esclavitud, condiciones laborales más que deleznables, acuerdos comerciales más que dudosos, y personas perjudicadas en aras de un producto final, casi siempre muy por encima de las necesidades de muchos. Nosotros miramos para otro lado mientras compramos todas esas cosas, y, en muchos casos, aplaudimos y escribimos páginas de alabanza en los periódicos, sobre aquellos que han basado su imperio en todos esos inhumanos aspectos antes mencionados. Creamos figuras a las que subimos a altares y, si tienen nacionalidad que nos interese, encima presumimos de ellas porque son “paisanos” hechos a sí mismo a base de esfuerzo y otros cuentos chinos.

Somos una contradicción con cada decisión que tomamos. Basta con mirar nuestras casas y ver la cantidad de cosas de las que podemos prescindir y que hemos comprado a esos imperios. Luego exigimos a los que elegimos como representantes, independientemente de lo poco limpios en sus actos o ideas que sean (es que son de los míos, argumentamos), que sean honestos con sus ideas y acciones, consecuentes en el discurso. A ese nivel es además, más que exigible. Al nuestro, es completamente perdonable aumentar la discriminación, la explotación, el subdesarrollo y la desigualdad. Miramos hacia otro lado y fuera.

¿Es un reflejo la clase política de lo que nosotros mismo proyectamos a la sociedad? ¿Es quizás una comparación muy osada e insultante para algunos? Supongo que todo es comparable siempre que se admitan matices porque, a grandes rasgos, hay comportamientos del día a día que  se repiten también, a mayor escala en los telediarios.
¿Hasta qué punto se puede llegar a ser contradictorio con tus ideas y tus actos? ¿Cuál es la frontera que nos ponemos para decir “hombre; es que eso no se puede comparar con mi caso”? Quizás debamos definir y redefinir esos matices que hacen o no las cosas comparables. Pero a mí siempre me da que pensar que la manipulación que sufrimos a diario esté provocada por los mismos y hacia los mismos. Quizás de ella aprendemos y después nos comportamos, o quizás está directamente ya basada en nuestros propios comportamientos y adaptada para nuestras necesidades. Esa reciprocidad es lo que da algo de miedo y nuestro borreguismo diario para sentirnos cómodos en un mundo de locos.


viernes, 2 de septiembre de 2016

Fácil parece

Hoy me ha ocurrido una cosa en el trabajo que me ha hecho reflexionar en el mismo momento en el que la vivía porque viene a colación con la actualidad de España, esa nación que muchos tratan de describir y pocos lo consiguen...

¿Por qué no?

Estábamos en una reunión, en este caso "jugando fuera de casa" ya que no era en nuestras oficinas, dirimiendo de qué manera íbamos a llegar a un acuerdo económico después de una relación laboral la mar de tortuosa en nuestro anterior proyecto. La empresa en cuestión es referencia en su país dentro del sector que desarrolla. Son, como dicen aquí, el Mercedes del sector en cuestión. 

A la mesa nos sentábamos 3 personas de cada compañía y todos nosotros nos sentíamos en plena posesión de la verdad absoluta. En nuestro caso, al ser la parte contratante, que es al final la que mayor presión y responsabilidad recibe por otro lado, jugábamos nuestras cartas en ese aspecto, sabedores de que, a pesar de la teórica ventaja, iba a ser complicada la negociación. 

La reunión ha durado casi cuatro horas, con una pequeña pausa para llamarnos perro judío entre bromas...la hipocresía que no falte, claro. He podido "deleitar" un café de calcetín aguado, sin azúcar y tirando a templado que ha hecho que el regusto de revivir todas las atrocidades experimentadas con esa empresa durante el proyecto, quedase aún más marcado. 

Durante el proceso, hemos esgrimido cada uno nuestras cifras, números, etc. con cuidado de no dar pasos en falso para que el otro no se nos echara encima al menor descuido. Un fallo con el lenguaje o los números, implica esa ventaja al otro, el huequecito que necesita, para tirar todo por tierra

Yo no he preparado nada de la reunión, ya que el peso recaía sobre mis dos compañeros, que son los que han heredado la otra parte menos agradable del trabajo, que es cerrar el contrato con una empresa tras el fin de la relación laboral. En mi caso, mi presencia estaba justificada para ejercer un equilibrio entre los presentes y argumentar en determinados momentos, el devenir técnico del proceso. Baste decir que uno de los puntos de la discusión ha caído de nuestro lado tirando de memoria de lo ocurrido. 

El caso es que, tras esas casi cuatro horas, ha habido que llegar al tan temido acuerdo para evitar las demandas, los juicios, los procesos largos y tediosos con los abogados, etc. Ambas partes estábamos de acuerdo en que, de allí, algo en claro tenía que salir antes de llegar a ese extremo. 

Al final, no sin mucho pelear el debate, hemos acordado resumir determinados puntos en una cesión de argumentos que nos han hecho medio entendernos, salvando el mal mayor que serían las demandas. Ha habido que ceder por ambas partes para que el tiempo invertido haya valido la pena. 

En ese momento me he acordado del juego al que nos tienen acostumbrados nuestros políticos y me ha dado mucha pena. 

Algo así, como lo que me ha pasado a mí hoy, se podría perfectamente extrapolar porque, aunque hablemos de una empresa, de cantidades menores de dinero y de intereses particulares, en el fondo, había algo que no hay entre nuestros políticos:voluntad para el acuerdo, cediendo y manteniéndose firme. 

Hoy he aprendido algo bueno y algo malo. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Aprender...siempre aprender

Cosas que he aprendido al tener que irme a vivir al extranjero:


- que mi casa está donde está mi familia.
- que vivir sin ellos es lo más difícil que me ha pasado en este tiempo (afortunadamente...lo más difícil).
- que cualquier sacrificio merece la pena si le acompaña una sonrisa de ellos. 
- a echar de menos las cosas que antes daba por hecho (una calle, un entorno, una charla en el barrio...)
- que, a pesar de estar fuera, soy un verdadero afortunado. Que antes de venir, también lo era.
- que mi país de acogida no es tan malo como dicen, pero tampoco tan bueno como lo pintan. Que no solo deben envidiar nuestro sol. 
- el significado de la palabra frustración. 
- que mi frustración no es nada comparada con la de muchos otros. 
- que no echo de menos nada relacionado con la clase política de mi país, que no está a la altura de la gente que lo habita. 
- que a veces mi anterior idea se contradice con el pensamiento de que tenemos lo que nos merecemos. 
- que cualquier experiencia (no traumática) puede provocar un cambio en uno. Que nosotros somos los que debemos decidir si queremos que sea positivo.
- A saber buscar más cosas positivas y poder disfrutar de ellas. 
- a seguir hacia adelante...
- que me queda mucho por aprender.
- que tengo que saber diferenciar lo urgente de lo importante. y anteponer los segundo. 
- que un día sólo seremos recuerdos y fotos y que entre medias la vida son dos días. Vuelvo al punto anterior.

Quiero anotarme todas estas cosas antes de que se me olviden, antes de que la rutina me aplaste con mis "problemas" diarios, porque quiero que un día, cuando me toque echar la vista a atrás, las cosas vividas, puedan tener el aspecto más positivo posible para sacar una media sonrisa y pensar que aprendí algo de todo esto.
Relativizar es la clave pero lo fundamental anda en la azotea. Qué gafas para ver la vida nos ponemos cada día. Yo casi siempre llevo las del pesimista acérrimo, las del que se contradice entre lo que dice y lo que hace, y otros días me pongo las de repuesto y aprendo que soy muy gilipollas. Mucho más de lo que ya pensaba, que no era poco.
Cada periodo de desconexión territorial, como antiguamente, me provoca un aluvión de sensaciones de todo tipo, de esas con las que te comes el mundo y el cocido ese con el que te regalan el viaje si te lo consigues acabar. Al rato, me hablan cuatro en ese idioma dialectado y me pondría a llorar como un niño por no entenderlo. Y eso es porque mi perspectiva no sigue una línea clara a la hora de ver las cosas, sino que da tumbos y pasa por los mil estados anímicos de un año lunar.

Por eso iremos anotando qué sacamos poco a poco en claro de las etapas de nuestra vida, con el fin de aprender cosas y de echar un rayajo al final de la cuenta y decir que no salió mal del todo, que pasamos un buen rato
e hicimos lo mejor que se pudo. 

lunes, 13 de junio de 2016

Una tarde aburrida

Analizar, pensar, sopesar, volver a darle otra vuelta…y pensar, y más pensar.
Hay días así, en los que te metes en una rueda de la que no te puedes bajar, que da vueltas y vueltas sin que llegues a ninguna parte. Pero siempre aparece algo que te marca con un destello, aunque sea tenue, el camino que llevabas.
¿Por qué nos empeñamos en hacernos la vida tan complicada? A saber. Quizás porque lo tenemos ya en nuestro ADN incrustado, pero el caso es que las cosas, en la teoría, se manejan siempre de manera sencilla, como el que soluciona los problemas de la política mundial sin separarse de la barra del bar.

A veces, cuando estamos enredados en esa maraña de pensamientos en los que nos dejamos arrastras por la presión, el agobio de las obligaciones, el estrés... todo eso no nos deja ver lo verdaderamente importante. ¿Y qué es? Para cada uno, lo que sea importante…para mí, que estamos aquí dos días contados y que no merece la pena malgastarlos en la mayoría de las cosas en lo que lo hacemos a diario. Que vivimos una vida impuesta, en muchas ocasiones, y no por los de afuera, sino por nosotros mismo, por nuestras barreras mentales. 
Yo me paso el día de pelea con ellas y conmigo mismo desde que decidí coger un avión que aumentase mis inseguridades en mi rutina. Me enredo, me enredo y me dejo arrastrar por la corriente de agobios, de estrés, de obligaciones, y entre medias me pierdo los ratos que tengo para vivir. Malgasto mis días pensando en que venga el día siguiente, o el fin de semana, o las vacaciones, y no me doy cuenta de que el tiempo hasta que eso llega, lo sufro, no lo vivo. Y soy consciente de ello, pero el peso de las cosas me desborda, y me cuesta salir arriba, a tomar aire, porque me vuelvo a meter en la marea de cosas, y no veo que, al final, nado en círculos.
Me fijo en los niños y para ellos, la marea en la que yo nado, es un parque acuático, un mar de oportunidades, de aventuras, de reducir la vida a lo más simple para disfrutarla a tope, y me quedo embobado mirando, y me digo lo tonto que soy.
Porque mañana ya no estamos. De repente un día no estaremos, y solo quedaremos en fotos, y pensaremos en lo tontos que hemos sido, en la cantidad de cosas que hubiésemos hecho diferentes de haber sabido que la vida son dos días, y que es absurdo vivir para sufrir, para amargarnos. Que ya se encargarán otros de hacernos nuestra rutina insufrible y, en el fondo, la mayoría de nosotros, yo mismo, no sabemos ni lo que es pasarlo realmente mal.
Con el nuevo horizonte de la edad, me queda un montón por aprender. El día que sepa disfrutar de un simple rato sentado en un banco, de un café, de una tarde “aburrida” con lluvia fuera…quizás ese día me habré dado cuenta a tiempo de lo cerca que lo tenía. O quizás, sea tarde para haberlo sabido.
Lo que tengo claro es que no me gustaría tener esa sensación de arrepentimiento y estupidez de mí mismo, al verme a lo largo de los años y pensar que debía haber sido de otra manera.
En los momentos complicados dicen que salen las verdaderas emociones. Yo no paso realmente por ninguno de ellos; otros cercanos sí, y quiero que el enredo diario en el que me veo envuelto, me deje decirles a todos que, aunque no estoy a su lado, estoy con ellos, y que lo que más me gustaría sería pasar una tarde aburrida en un sofá, simplemente por el hecho de poder disfrutarla. Tengo que aprender cómo salir del enredo para dedicarme a las cosas importantes. Espero que no me quiten el sofá. 

viernes, 1 de enero de 2016

Refugiados y expatriados

De camino a casa, me apareció este pensamiento...



Mientras viajo de camino a España en mis vacaciones de mi trabajo encontrado fuera, en la "comodidad" del avión, leo en el periódico nuevas cosas (menos cada vez) sobre la llegada de refugiados a las costas griegas, con una foto tan impactante como la del niño tendido en una de las playas griegas o turcas; un padre, casi cubierto por el agua, sostiene en un brazo a un bebé y en el otro a su otro hijo, tratando de subirlos a un bote de rescate...yo miro a los míos, sentados en sus butacas del avión mientras ven el el portátil una película de dibujos y pienso que no sé de qué me quejo tanto por haber tenido que irme fuera de España a buscarnos la vida. Nada como una dosis de buena realidad, para que nos pongan en nuestro sitio...

Yo soy tan normal como tú... y tenía mi vida

No puedo alcanzar a comprender el grado de desesperación que esas familias deben sentir para arriesgarse de esa manera...ellos y sus familias.
La mitad de los fallecidos en las costas, son niños...un dato así le deja a uno helado. 
La foto del pequeño tendido en la playa y, posteriormente, recogido por un miembro de salvamento marítimo dio la vuelta al mundo. Para mí, fue todo un shock al verla...creo que está cargada de tanta tragedia q podrían habérsela ahorrado muchos medios q querían buscar más el sensacionalismo y la venta de ejemplares q dar una noticia.

Detrás de esa foto hay historias tremendamente trágicas, de guerras basadas en intereses de países situados a miles de Kms de allí, con bombas lanzadas desde cómodos sofás por gente con las manos "limpias" y conciencias tranquilas (nada más lejos). Guerras donde los daños colaterales tienen la edad de mis hijos y madres como la de ellos, q darían (y finalmente acaban dando, aunque sin éxito) su vida por un mundo mejor para sus hijos. 

Ahora lo tapamos todo con las Navidades, las cenas y comidas de trabajo (el que lo tenga), las reuniones (el que pueda reunirse con los suyos) y los regalos, muchos innecesarios...esta realidad tan bruta, que solo sabe de extremos, ha aniquilado la capacidad de asimilación del personal, la mirada crítica, a base de repetirnos tragedia diaria en los medios. De tanto y tan a diario, preferimos mirar para otro lado, hacernos los sordos y ciegos, como cuando vemos a un mendigo en la calle q se dirige a nosotros...no miramos para tener nuestra conciencia tranquila, para no reprocharnos en ese momento, que somos culpables en cierta medida de todo lo q nos rodea. Yo soy uno más. 
Miro a los niños y me vuelve el recuerdo de ese padre desesperado tratando se sacar a sus hijos de esa desesperación.

Es abrumador pensar que uno solo no consigue cambiar un engranaje que devasta a esa velocidad...pensamos q con "democracia", como en estas recientes elecciones, el cambio es posible, que mi voto moverá las piezas en otro sentido...pero lamentablemente, no es así. Lobbies y empresas rigen los intereses, los gobiernos y las personas y no saben de familias emigradas ni de padres refugiados ahogándose en el mar...y cada año, por Navidad, debería uno manejar un poquito más de energía positiva, algo más de esperanza...pero, es tan difícil!

Desde hace tiempo, el coste de la felicidad o la alegría, es muy alto. Cada vez para más...en lo pequeño se encuentra lo más grande, pero no somos capaces de verlo. Eso no lo venden en los grandes almacenes.


Seguiremos intentándolo un año más.

viernes, 16 de octubre de 2015

Segundas partes nunca fueron buenas.


Segunda parte del experimento del otro día. 


Cabe aclarar que se trata de, precisamente, éso; un experimento y que, sobre todo y, ante todo, se trata de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... o no. El personaje está basado en la pura improvisación que, a su vez, se basa en recuerdos propios y ajenos y en vivencias acumuladas y extraídas, en muchos casos, fuera de mi persona.


Los comentarios recibidos creo que se han debido a mi información sesgada y poco clara. La prueba está más orientada al funcionamiento del blog que al funcionamiento personal (y económico) de mi vida. Si se diera el caso, bienvenido sea. Pero, el realismo nos debe limitar las ganas de ver el mundo happy. 

Este segundo corte será, seguramente, el último que copie aquí, hasta ver cómo evoluciono. Mientras, habrá posts nuevos con pensamientos, como siempre, de baja calidad (sigue leyendo).

Pequeño en lo inmenso


"[...]El hecho de mencionar a la gente que te has quedado en el paro en mitad de una crisis global pero que, debido a los Gobiernos que han tomado decisiones ajenas a tu conocimiento y aprobación (de ahí lo de “democracia” que antes mencionaba), azota a tu país con especial fuerza, debe ser que no despierta un mínimo de sensibilidad, y ni muchos menos, empatía, en ese tonto del culo que te suelta lo de “búscate un trabajo de verdad…”, como si los casi seis millones que me acompañan en la lista de desempleados estuvieran aburridos de descartar ofertas de empleo a diario. Te lo dice uno que vive a todo trapo porque la ayuda divina, familiar y lo de especular con los pisos en el momento del boom inmobiliario, le hace vivir por encima del bien y del mal. Eso que dicen algunos de estar en otra Liga.

Pero, bueno, contextualizado medianamente el momento en el que me encuentro, intento ahora ordenar un poco todo este proceso que me ha llevado a este punto de incertidumbre y miedo escénico a no saber para dónde tirar y si lo que he decidido me va a llevar a buen puerto o a ser tan mítico como el Titanic en ese querido círculo afectivo del que hablaba.   

Empezaremos diciendo que, los años de colegio e instituto fueron, vistos con la perspectiva del tiempo vivido y comparados con el momento actual, buenos. Y más para mi generación; la del Naranjito del Mundial 82, esa que ha visto, hasta ahora, dos Reyes, tres Papas, la peseta y el cambio al timo de la estampita, también conocido como Euro, incluso llegó a saber qué era el ECU, la de Dartacán y los tres Mosqueperros, el Coche Fantástico, las dos horas de digestión para poder bañarte, la del cómo vaya yo y lo encuentre, la EGB y tantas otras cosas que han marcado a los que andamos por los cuarenta sin temor a entrar en esa otra crisis; la de la edad y el pelo que sea cae.

Como digo, buenos años, pegándole patadas al balón, abusando de uno por estar gordo, riéndose del otro por tener granos, del empollón… por ser empollón, de hacer viajes en un SEAT 131 seis personas sin cinturón ni silla de seguridad ni aire acondicionado, y no pasar ni media, de empezar a conocer las obligaciones más serias en el instituto y, más tarde, con la Selectividad (ahora, modernamente llamada, Reválida) porque nos habíamos tragado el cuento de que estudiando y sacándote una carrera serías una persona de provecho y con un futuro asegurado.

Menciono todo esto porque, los que hemos vivido todas esas cosas y hemos crecido con todas ellas, tenemos, pasados los años, un ADN común que te hace empatizar instantáneamente con otro de tu especie cuando sale a colación cualquier tema de entonces o cualquier situación actual, como el paro de un universitario, que ha llevado una vida paralela a la tuya (él también tuvo que hacer dos horas de digestión, seguro).

Esa es la estafa tras la estafa. Ahí es donde nuestra generación picó el anzuelo y se la comió doblada. Mientras te dejabas las cejas en los estudios porque era la mejor manera de acceder con garantías al mercado de trabajo, había unos tipos que nos estaban preparando el escenario para la tragicomedia que ahora representamos y que nos vomitan a diario en los medios. Y la gran mayoría anda de rositas mientras los pringados nos comemos las consecuencias de todo lo sustraído..
¡A saber el nombre que nos otorgarán los puretas de ahora y los futuros! A esos que les encanta poner nombres originales a las vidas de otros, para meter a todo Dios en el mismo saco y colgarse la medalla de la ocurrencia (generación X, JASP, generación Ni-Ni, generación perdida…).
Me identifico completamente con todos los que tienen ese sentimiento de frustración y que, en ocasiones, se ven obligados a  responder con las frases por lo menos tienes trabajo, o bien, por lo menos tienes trabajo “de lo tuyo”, que es todavía más hiriente. Es como si tienes entradas de primera fila, que te han costado  un huevo, y anulan el partido. Todos a casa, aquí no hay nada que ver, no me formen corrillos…

Somos, además, esa generación que ha saboreado, en algunos casos, ligera y brevemente, eso que algunos (quizás los mismos gilipollas que ponen nombre a las generaciones de jóvenes) denominan el estado del bienestar, que es lo que todo el mundo entiende por vivir de puta madre, para, rápidamente, acusarnos de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, los mismos que han vivido por encima de las “nuestras” posibilidades, por cierto.

Ese estado del bienestar antes mencionado se puede identificar a través de muchos y diversos ejemplos, casi todos asimilados a través de las cosas materiales, con las que poder aparentar es nivelaco de vida adquirido, ya sea con tecnología, con pantallas de televisión cuando más grandes mejor, coches, hipotecas con sorpresa para vacaciones en lugares remotos (para colgarlas en Facebook y presumir en público)… todo valía porque todo era posible. Verdaderos analfabetos que se levantaban (o eso decían) 8.000 € al mes (algunos, muchos más. Pero para mí, ya son mucho) construyendo sin parar todas las futuras casas vacías de España, y que tuvieron que entregar más tarde, el chalecito con la piscina, también vacía, al banco, para volver a la casa del pueblo, de donde se había ido en un BMW con la música a tope y ahora llegaban en el autobús de línea. Esos que especularon con el fututo de muchas generaciones, con el trabajo de muchos años de todos aquellos que quisieron sacarle un poco más a sus ahorros, y se encontraron con sellos que no valían nada, con inversiones fraudulentas y con ese trabajo y esos ahorros de tantos madrugones evaporados por las ganas de más de unos pocos.

Ese 1% de la población mundial que, hoy día, tienen lo mismo que el otro 99% restante. Enfrente, esa generación del estado del bienestar de papel cartón, de humo, que es lo que nos vendieron. Asumámoslo; el mundo se está yendo a tomar por saco y nosotros estamos dentro.

Entre tanto. nos hemos topado con la otra generación, que es la que nos ha tenido que volver a acoger en su seno, y que, en ocasiones, no recuerdan, con muchas más frecuencia de la que nos gustaría, que no tenemos de qué quejarnos, que no tenemos ni puñetera idea de lo que es pasar necesidad, que, en mis tiempos, comías una patata o pan con aceite, si tenías la suerte de que lo había… incluso con la anterior a ellos, que es la que mantiene a las otras dos (esos abuelos que estiran como el chicle sus pensiones).

Es una verdadera involución social Express. Hemos conseguido retroceder en el tiempo mil veces mejor que  con el Delorean de Michael J. Fox. Y nos toca quedarnos ahí, lamentándonos y deseando que todo esto sea un mal sueño, como el de Resines en Los Serrano,  y que, realmente, despertemos en otra realidad.

Y, en esa realidad, se me ocurre a mí escribir.

Después de los gilipollas de los nombre de las generaciones de jóvenes, llamémosle GILIS (Gilipollas- Listillos), están los que escriben en periódicos de grandes tiradas dominados por Lobbies de otro tiempo, que las épocas de crisis han dado a la humanidad, históricamente, personajes que han aportado a nuestra civilización grandes avances o grandes descubrimientos (sin mencionar nunca un ejemplo porque, verdaderamente: ¿hemos dejado alguna vez de estar en crisis?). Esos que siempre te dicen que, de la necesidad, surge la idea que cambiará el mundo. Y, a mí, personalmente, y como verdadero mindundi del día a día, no me queda más remedio que cagarme en sus muelas una y mil veces por ser tan capullos para decir semejantes pendejadas. En la cola del paro, en lugar de Sudokus, la gente intenta resolver álgebra avanzado o encontrar la vacuna a todas las enfermedades…aunque, pensándolo bien, es en la cola del paro donde están los mejor preparados profesionalmente para semejantes logros… ¡todavía van a tener razón estos capullos!

Yo no soy listo. He de reconocerlo. Del montón, ramplón. De los que pasa desapercibido, de los que no asume riesgos, de los que no descubrirá esa vacuna porque piensa que ya están los otros, con la motivación, ganas y coraje suficiente para tomar una decisión importante en su vida, y capaces de vencer el miedo al estatismo, asumiendo el riesgo de la posible hostia que se puedan dar al salirles todo el plan torcido. Ese no soy yo. Supongo que, por eso, me da por escribir. 

martes, 13 de octubre de 2015

Un, dos, tres... probando

Felices ideas que le pasan a uno por la cabeza...Vamos a probar a ver qué pasa, a ver si hay señal al otro lado. De salir fallido el experimento (con una previsión alta de que así suceda), probaremos otras alternativas, como la publicidad facilona de consumo y sexismo...o no.

Vamos a ir probando en pequeñas dosis. Empezamos, por ser originales, por el principio de todo... la introducción a la idea (muy original, como puede verse). Dejaremos que se vaya cocinando a fuego lento, y probamos qué pasa...





Capítulo 1. De cómo partir de una idea de mierda.




Es una verdadera mierda, por mucho que me empeñe en querer que parezca otra cosa. Realmente no tengo ni idea ni del cómo ni del camino a seguir, pero, al menos, me voy a dar el gusto de intentarlo, que para quedarme apoltronado en el sofá, ya tendré tiempo.

Esta clase de pensamientos son los que me rondan durante meses la cabeza. Entras en bucle y no sales de ahí ni a tiros. No avanzas. Entras en una rotonda y no coges ninguna salida. Solo haces el capullo. Esa es mi tarea en estos últimos días.

Y todo provocado por algo tan simple como quedarte en la calle en el peor momento de la historia económica de España desde que tenemos eso que llaman democracia. Me recuerda a cuando te ponen esa mano fría en la espalda por debajo de la camiseta, y te dan ganas de cagarte en los muertos de alguno, pero cuando te das la vuelta y ves quién es, te tienes que callar y poner cara de que la gracia ha sido cojonuda.

Esa cara de gilipollas es la que se me quedó cuando me dijeron que, después de 12 años en la empresa, me quedaba fuera. No te lo esperas, disimulas tu cara de sorpresa y pones una sonrisa como de “pero, ¿qué me estás contando, pedazo de …?”. ¿Cómo me vas a poner a mí en la calle con la cantidad de inútiles que tienes para despedir? Explícame entonces por qué te has fijado en mí que, a pesar de estar hasta las narices de echar horas gratis para ti, de currar cuando no toca, de quitarme tiempo de mi vida, y pringar como un gili, resulta que me he convertido en tu candidato”. Todo eso dice tu sonrisa pero, como el que te lo dice es el jefe que te lleva acongojando, por decirlo elegante, durante años, te callas e intentas aparentar que encajas con entereza un momento así.  

Algo tan teóricamente banal y simple, como que una relación laboral se acaba, se convierte entonces para mí en el principio del fin del tipo de vida que había conocido hasta el momento. Y una de las consecuencias que ha hecho que me vea en el punto en el que me encuentro ahora. De ahí que haya llegado a la conclusión de que esta idea es descabellada, la cojas por donde la cojas, pero ese punto de anómalo, por denominarlo de algún modo, me atrae, así es que, sigo, sin tener ni idea, pero sigo. ¿Que de qué estoy hablando? Pues de hacerme escritor, porque yo lo valgo. De escribir, por el mero hecho de que me gusta, sin tener ni idea ni de cómo ni sobre qué hacerlo y, lo peor, querer hacer de ello mi modo de sustento económico.

Partimos de la base de que la crisis en España, que será como el Naranjito (ese icono español que acompaña a muchas generaciones y que hace a su vez, que muchos niños miren a sus padres con cara de ¿de qué me hablas?), no va a ser algo que vaya a durar poco tiempo, que ha provocado que mucha gente viva situaciones de necesidad inimaginables años atrás y que provoca aún un estado de desánimo y hartura en la gente, que como para coger un libro y más de un mindundi como yo, al que no conoce nadie. Para colmo, se supone que hay que desarrollar un estilo, llamar la atención de alguien, tener recursos para la escritura, seguir una serie de pautas (que no conozco), mínima cultura general, desarrollar todo el proceso como un edificio, paso a paso y partiendo de lo básico para alcanzar el concepto global… En fin, que se le quitan las ganas a uno de empezar a hacer nada con tanto ritual. Y, luego, si tienes lo que hay que tener para terminarlo, encuentra a alguien que lo quiera publicar. Y, después, encuentra a alguien que, una vez publicado, lo quiera leer. Es más fácil aprender chino cantonés, me parece a mí.

Para más INRI, no sé explicar nada sin hacer un dibujo o un símil con una situación cómica o surrealista, lo cual dice poco de mí. Lo del dibujito me viene de pequeñito. Me costó empezar a hablar y se me daba mejor escribir (ahora que lo pienso, siempre he estado un poco limitado intelectualmente). Esto hace que no sepas ni indicar una calle sin que te de el ataque de ansiedad al no poder dibujarlo en una servilleta por no tener un boli a mano. Y lo de los símiles, por la simpleza de mi mente al necesitar poner situaciones anormales en contextos más jocosos, para asumir mi incapacidad de encajar las cosas que no tengo planeadas.

Sumémosle a toda esta ecuación el hecho de que, si tomas una decisión como esta, el mensaje que transmites a gran parte de tu entorno, ya sea familiar o de amigos, es el de “ªéste se ha vuelto gilipollas”. Risoterapia gratis a mi costa por semejante idea y frases como “deja de decir idioteces y búscate un trabajo de verdad. A mí también me gustaría vivir del cuento, pero me jodo y me toca madrugar”. Y, en ese momento, te das cuenta de que no eres el único que dice gilipolleces. Porque, reconozcámoslo, todos tenemos un tonto del culo muy cerca de nosotros...

martes, 30 de junio de 2015

Ola de ... terror.

En ocasiones está bien dejar pasar un tiempo sin escribir. Los acontecimientos se suceden tan rápido y se agolpan tan a lo bruto, que necesitas tiempo para asimilar tantas cosas que ocurren a diario a nuestro alrededor. El panorama político, como siempre, se lleva la palma. 

La actual situación de Grecia, con sus acosadores al acecho para exigir al paciente sus órganos antes de acabar con él, es un tipo de terrorismo con el que nadie se escandaliza tanto. Recientemente ha habido una gran matanza de turistas en Túnez; el modo, la forma, lo que detrás se esconde (o no tanto) nos ha parecido a todos sobrecogedor. No cabe duda de que un acto terrorista como ese, no puede dejar indiferente a nadie. Es brutal y cargado de horror en cada una de las balas disparadas. 


El pez grande
El problema es que, creo que va tocando definir la palabra terrorismo. La RAE dice que el terrorismo es "la dominación por el terror" o, incluso "una sucesión de actos de violencia para infundir terror". Quizás, el hecho de que aparezca la palabra violencia, hace que no asociemos nada de lo que Europa y su famosa Troika, están haciendo con Grecia. No ha violencia explícita, no hay un arma visible que dispara balas de odio, que deja a la gente sin esperanza, en algunos casos, sin vida, sin planes, sin ese futuro deseado para los hijos y las generaciones venideras, ese mundo mejor que todos ansiamos. No. No hay violencia, no hay sangre en los telediarios que haga pensar que lo de Europa, el FMI, el BCE y el querido Gobierno de Alemania, pueda considerarse como un acto terrorista. 

Pero, quizás sea bueno volver a la definición primera: dominación por el terror. 

El capitalismos desbocado, loco y fuera de control que ha evolucionado como esas máquinas que acaban pensando por sí mismas y acabando con los que la crearon, hace que el fin justifique los medios, que Maquiavelo, tantos años después, tuviera razón, que el rodillo pase por encima de naciones enteras, sin necesidad de que se aprieten gatillos, se invadan países o se aborden los barcos cargados de tesoros. Basta con reclamar como propio lo que, con engaños, se ha negociado antes. 

Aprender de los errores para no repetir las catástrofes de la historia. 

No se estila. No conviene.

Creo que el artículo de Vincenc Navarro es tan bueno y tan claro, que es mejor que me calle y no siga escribiendo sobre ello. 

De lo que puedo hablar es de una sensación de asco que es doble y el motivo no es otro que pensar que mi nacionalidad es la de un país que ha apoyado ese terrorismo contra su propia masa social, principalmente por unos Gobiernos - no solo el del PP- que, utilizando la democracia como herramienta legal (hay que darle una forma más cordial a lo que se va a hacer más adelante... "es un Gobierno elegido por lo españoles", se les llena a algunos la boca diciéndolo) cumplen a pies juntillas lo impuesto por los mandatarios de Europa. Y, por otro lado, porque mi trabajo, esfuerzo y día a día, transcurre en aquel país de donde parte todo en Europa, donde todos se cuelgan la medalla del orden y el saber hacer, cuando somo todos los que lo permitimos, igual de cómplices y culpables que ellos mismos. 

Un vídeo sobre la manipulación de alimentos y la manipulación de las opiniones y mensajes que llegan a los consumidores, acababa con una frase tan elocuente como "todo esto es posible... porque ustedes nos lo permiten". Aplíquese esta frase a la situación social de neocapitalismo despótico que rige actualmente el futuro de gente como tú y como yo, y viene más que al pelo. 

Yo, por mi parte, pienso como tantos otro borregos: no soy dueño de ninguna de mis decisiones. Creo que lo que hago en mi día a día, lo hago porque puedo, porque quiero... es mi decisión. Pero, nada de eso. Vivo engañado. Ya ha pasado y sigue pasando, sigue quedándose gente fuera de sus casas, esas que daban por seguras, sigue habiendo gente que no puede estudiar, aquellos con planes de vida que pasaban por una educación especializada. Sigue habiendo gente que no puede acceder a cuidados médicos y que acaba muriendo. Y todos pensábamos que eso no iba a pasar. Que lo que teníamos iba a ser para siempre. Los griegos pueden hablar con mucho más conocimiento de qué es esa sensación.  

 ¿Y, qué puedo arreglar yo solo contra un sistema que arrasa allá por dónde va? ¿Qué soy capaz de hacer para levantarme contra aquello de lo que me quejo, que me limita, que decide por mí, que me obliga a tomar decisiones que no deseo? Yo solo no puedo hacer nada, incluso con una convicción fuerte. Nada. Yo solo, nada.

Pensar así es una verdadera tristeza. No se trata de ponerme un antifaz y armadura y salir a cambiar el mundo y luchar contra los malos. Creo que algo tan grande, requiere algo más pequeño. Creo que esa roca, necesita un goteo constante que erosione poco a poco, hasta abrir el agujero. Mi goteo está más que orientado: mi verdadera función es transmitir a mis hijos qué es un mundo mejor, qué es ser una buena persona, y qué puede hacer uno por los demás, para que, entre todos, acabemos cambiándolo todo. Yo voy a ser ese cimiento, para el que venga después de mí, y para todos los que después quieran acabar pensando que es posible no sucumbir, que es posible acabar con todo ello. Aprender de la historia y no repetir los errores, sino los aciertos. Otros lo hicieron, y nosotros lo haremos. Es cuestión de tiempo.