sábado, 29 de marzo de 2014

De recuerdos y otras historias

Nueva etapa, nuevas cartas, nuevas reglas. Y, entre tanto nuevo, los recuerdos. Te pones a buscar en los fondos de los armarios, en las carpetas con polvo, y aparecen algunas cosas que me recuerdan momentos pasados, de esos que dejamos un poco aparcados pero con muchas ganas de retomar.

Este fragmento es de algo parecido a una historia incompleta que me dio por escribir tiempo atrás. No me veo con el valor de terminarla, pero sí con el suficiente para recordarla, para que me dé una visión de dónde estaba entonces y dónde estoy ahora. Perspectiva, creo que lo llaman. Un recuerdo, vaya… […]

[…] Entró a través de la antigua puerta por la que se accedía a uno de esos recibidores tan maravillosos que aún quedaban en algunas casas de Madrid. El suelo de grandes losetas de mármol blanco, anunciando al número infinito de personas que habían deambulado sobre su superficie, desgastándola y dándola ese aspecto valioso a las cosas con historia. Las barandillas de madera, cuyo barniz se olvidó de brillar y proteger aquellas fendas que se podían apreciar sin mucho esfuerzo. El color de las paredes, tan oscuro y sucio que sólo los mas ancianos podrían recordar si alguna vez esos muros conocieron el brillo y la luz de la pintura recién extendida, emanando ese olor tan característico que es capaz de atravesar tus fosas nasales hasta tus pulmones. El único olor que ahora se podía percibir allí era el de los años, el paso del tiempo y la historia que recorría los peldaños de la gran escalera de madera, crujiente como una galleta a cada paso que dabas. En su gran ojo podía verse la estrella de aquella compañía de artistas: el ascensor de principios de siglo, con su gran reja de forja a modo de portezuela, permitiendo ver el vacío que queda bajo los pies al ascender hacia las alturas. Los detalles del hierro, cuidados en ciertas zonas y oxidados en otras. La malla que cubre todo aquello, como si de una pequeña cárcel móvil se tratara. Su abuelo imaginaba con él subir en una gran nave espacial hacia las estrellas, pasando antes por casa para tomar la merienda que nos de fuerzas, decía, para llegar hasta la luna, y volver a tiempo para que la abuela no se enfade, nene.
Estaba en casa del abuelo; olía igual, la escalera le saludaba mientras veía a la portera entreabrir la puerta para fisgonear al viejo y a su nieto. La nave esperaba la salida de los intrépidos astronautas hacia una nueva aventura que se forjaba cada día en la imaginación de aquellos dos personajes. Un niño de cinco años con una mirada de asombro continua. Con esa sonrisa que sólo la ingenuidad de los niños puede dar valor a aquél gesto. La mirada de amor y devoción que el abuelo devuelve a ese pequeño gran hombre, al que nunca llegará a ver cumplir los nueve. Maldita tos, decía siempre. Un día va acabar conmigo. Palabras de profeta que se harían realidad en la gran cama de su cuarto. ¡Abuelo, abuelo!. Vamos a jugar a los astronautas. Corría hacia él soltándose de la mano de su madre que, con ojos de angustia, se acercaba al regazo de la cama, viendo como su padre dormía en silencio para siempre. Déjalo, nene. El abuelo está durmiendo. Vete a la cocina a tomarte la merienda. La abuela no tardará en llegar. No vio como ella se quedaba junto al viejo, tomándolo de la mano y derramando unas lágrimas silenciosas.

lunes, 10 de marzo de 2014

Nuestros límites

Esta reflexión no tiene base científica alguna ni solidez más allá de lo que yo opino. Teniendo en cuenta que pocos o muy pocos conocerán de la existencia de esta opinión, y lo poco que me importa que se esté de acuerdo o no con ella (no obstante, siempre son bienvenidos los distintos puntos de vista), diré lo que buenamente creo que se ajusta a un gran número de casos, lo cual no hace de ello una ley, pero sí una tendencia general. 

Este preámbulo introduce lo que el título pretende: saber dónde están nuestros límites. Para mí, creo que los límites se pueden establecer en numerosas categorías, pero un par de ellas, a parte de los evidentes y no evidentes, serían "los que nos ponemos a priori"  y "los que conocemos a posteriori". Creo que, sin ninguna duda, los peores son los de la primera categoría. Son los que tienen como fundamento el miedo y la inseguridad y los que nos impiden mirar hacia adelante, evolucionar y aspirar a otra cosa (mejor o peor, pero otra cosa). Son esos que nos anclan al inmovilismo, los que nos amedrentan y nos hacen conformistas. Del conformismo y la actitud posterior también se puede hablar mucho, pero eso que lo hagan otros más listos que yo. 

Los segundos tienen dos tipos de sabores: el que nos deja la amargura de haberlo intentado pero sin éxito, lo cual establece una frontera que delimita nuestro poder hacer, nuestra habilidad, y desarrolla el sentimiento de frustración o, sencillamente, un conformismo de grado mayor al anterior mencionado. Siempre queda el pequeño consuelo de haberlo intentado. Como diría alguno que yo me sé: "lo importante es participar". 

El segundo sabor es el de la absoluta victoria, el del éxito, el del trabajo bien hecho y la recompensa y el premio de lo alcanzado. Lo importante es participar, !pero qué bien sabe ganar! Cuando uno alcanza esa cima y saborea esa miel, debe también andar con pies de plomo; la pérdida de contacto con la realidad, la idea de pensar que todo es alcanzable, que todo es posible para uno, el autoconcepto sobredimensionado de uno mismo... es peligroso. Y no hay nada como una buena dosis de humildad (ta mal vista hoy en día) para recolocar los pensamientos. Esta humildad suele ir de la mano del fracaso y de haber conocido nuestros límites anteriormente. El sabor agrio de la derrota.

Pero creo que lo más importante es conseguir sacar una lectura positiva en ambos casos, más si cabe cuando nos llevamos el chasco, cuando mordemos el polvo y nos hemos rebozado por el barro. Es ahí donde uno puede volver a la comodidad del sofá, a ese conformismo grisáceo, o pensar en sacudirse el polvo e intentar de nuevo ver si se puede. 

En estos tiempos oscuros, donde los límites vienen cada vez más impuestos por aquellos que, con el miedo, pretenden dejarnos apoltronados, anestesiados y sin más ganas de intentarlo, conviene recordar que siempre hubo que hacer un gran sacrificio para eliminar esas barreras, y que las historia nos demuestra que es preferible llenarse la cara de barro mil veces, que someterse al ostracismo y el miedo de quien nos lo pretende imponer. 

Hoy disfruto del sabor dulce del éxito, esperando la próxima vez que deba limpiarme la cara de barro. 

sábado, 15 de febrero de 2014

LA CUERDA




Escribir sin tener sobre qué hacerlo. Y no será por actualidad…

Quizás sea ese el problema; la abundancia de información, de temas sobre los que pensar y opinar (creo que es el orden correcto, si bien muchos se deciden a hacerlo a la inversa o, incluso, sin el primer verbo. Éso está muy mal visto). Nuestros indeseables políticos nos deleitan cada día con una nueva dosis de insensibilidad que le hacen plantearse a uno hasta qué punto debemos aguantar esta situación.

Podríamos hablar y opinar sobre esa actualidad y no encontraríamos nunca veinte opiniones iguales. Quizás todas estén bañadas por el mismo esmalte del descontento general, pero, como a cada uno la cosa le afecta según le funcione el día a día, pues así nos va. Creo que una marca genética de los españoles es la del lema “si a mí no me toca, no va conmigo”. No he hecho ningún estudio socio- científico por falta de medios económicos y patrocinadores estatales o privados, pero dan ganas de salir a la calle con papel y boli y preguntar a cincuenta mil personas (por tener una muestra amplia) en qué medida le afecta el día a día político en su rutina diaria. Veríamos que, los más indignados serían aquellos con más dificultades y los más “pasivos”, por denominarlos de alguna manera, los que tienen como mayor preocupación, mantener el estatus que han conseguido. A fin de cuentas, es lo que muchos intentamos, pero los medios con los que contamos cada uno, y las circunstancias que nos rodean son bien diferentes en cada caso. Eso sí; siempre nos da por compararnos con el de al lado y, cuando salimos escaldados, nuestros impulsos más oscuros nos llevan a despotricar contra el “agraciado” de nuestra comparación. Otra gran seña de identidad impresa en nuestro genoma español.

Las últimas lecturas de estos días, me han permitido repasar una visión subjetiva a todas luces de la evolución social de España en el último siglo, sobre todo, desde los inicios y acontecimientos que desembocaron en la Guerra Civil, con todo lo que después ocurrió tras ella que, a día de hoy, marca a fuego nuestra identidad en la piel de toro (utilizo muchos tópicos de identidad que aborrezco incluso su escritura, para señalar aún más otro gen español a todas luces: el de “o conmigo, o contra mí”). Pensar que han pasado más de 70 años de aquello, de los cuales, 40 años fueron de una dictadura permitida por muchos de los que hoy en Europa nos siguen diciendo qué hacer con nuestras vidas sin conocernos, y que seguimos atascados en aquellos temas que hoy, parecen cobrar fuerza y ser más actuales que nunca. Los motivos: las mismas ideas con las mismas personas (mismo perro, diferente collar). Es lo que tiene el ADN; que se transmite por años, unos dicen que mejorado (no es el caso), para mantener la especie.

Pero, ojalá fuera un tema genético. Quizás podríamos encontrar cura, pero del tema que hablamos es mucho más complejo. Es algo que no conoce aún límites, que es innegable incluso en las más altas esferas de cualquier sociedad medianamente desarrollada (quizás aún más en éstas), que afecta al más pintado, ya vista como un pordiosero o cada zapato que calce supere los 5000€. Estamos hablando de la estupidez humana.

Aquí marco una diferencia y me vengo arriba hablando de la humanidad entera. ¿Quién dijo miedo? En una época donde decir lo que a uno le viene en gana sin contrastar la información y sin aportar ningún tipo de soporte que avale dicha opinión, está más que justificado que un panoli como yo pueda hacer lo mismo.

Siempre se utilizan los mismo tópicos sobre lo que es capaz de hacer el género humano con, para y contra sus congéneres. Somos capaces de lo más horrendo y de lo más hermoso al mismo tiempo. Cada día hay mil noticias de las dos versiones. Cada uno que elija la que quiera. Por mi parte, me quedo con lo horroroso, más que nada porque doy por supuesto que lo increíble y hermoso, es algo que debería venir de serie en todos nosotros, con matices, claro.

En lo horroroso entra la actualidad diaria mundial y, más cercana, la española. El ASESINATO de 15 inmigrantes (a día de hoy) en la frontera con Marruecos tras las acciones de la Guardia Civil, así como las declaraciones (que no explicaciones) del Ministro del Interior y del Director General de dicho Cuerpo, te hacen pensar en la crueldad que somos capaces de desarrollar. Y ya no sé si me asusta más leer sobre lo ocurrido o sobre los que opinan de ello. Aquí vuelve a aflorar el genoma español y la línea que nos viene separando desde hace más de 70 años en dos mitades bien diferenciadas. Son de los míos o están contra mí. Y hablo de los que apoyan y defiende esas acciones, y de los que pensamos que un crimen como ese nunca está justificado y debería haber responsables en los tribunales. Conclusión: seguimos teniendo que decidir en qué bando colocarnos. Lo cual nos lleva a pensar en el tipo de sociedad en que vivimos, y cómo pensamos que vamos a avanzar tirando cada uno de la cuerda en sentido contrario.

Otra conclusión a la que llego: se acabó la cuerda. Quiero otra. Y en esas estamos; en cambiar de cuerda. Y que cada uno entienda por cuerda lo que quiera, y que cada uno saque su idea de cómo hacerlo, de qué propuestas colocar sobre la mesa para cambiar su cuerda. Eso sí; algo que es innegable: si no te mueves, la cuerda sigue ahí, y ganan los que se aprovechan de tu estatismo, de tu apatía y de tu ignorancia, pensando que “si a mí no me afecta, no va conmigo”. ¿Invertimos en genética o en educación?

domingo, 13 de octubre de 2013

UNO Y NO MÁS

No hay nada como pegarle un vuelco a la rutina y la seguridad de tu entorno para tomar perspectiva y ser consciente de lo que tienes, de lo que pierdes con el cambio, valorarlo y, sobre todo, compararlo constantemente con tu nuevo entorno. El inconformismo, a veces, tiene estas cosas.
El cielo que nos cubre
Pero también, en esa comparación, encuentras elementos que son comunes a lo que ya conocías. Aspectos de los otros, del entorno, que no te son ajenos, que reconoces perfectamente y que, aún así, aún siendo de otros, podrían ser tuyos son problema. 

Conocer gente de diferentes países, sus costumbres, su manera de enfocar y abordar un tema, es tremendamente enriquecedor. Irán, Afganistán, Mongolia, Egipto, Rusia, Turquía... son un montón de personas con un montón de ideas diferentes...

Pero también hay algo que me ha llamado la atención en esta experiencia (vital) y es que la soledad es peligrosa en ocasiones, pero agudiza tu ingenio. Hace poco vi un documental/ serie (lo que sea) sobre un hombre que decidía pasar 65 días, por voluntad propia, como un náufrago. Atravesó por todo tipo de dificultades al perder absolutamente todas las comodidades que tenía en Inglaterra, pero aprendió a vivir con las cosas más simples y a sustentarse de la manera más elemental. Pero, lo peor de esa experiencia, según narraba, era la soledad. Hablaba con la cámara, ya que se grababa constantemente, pero no era una conversación. Sólo un monólogo. Y su necesidad de hablar y expresarse con otros le hacía sentirse cada vez más desanimado. 

No tan extremo pero, he de decir que la comunicación se ha vuelto para mí completamente fundamental. He sentido mucha impotencia cuando he querido hablar con alguien y no he podido por la dificultad del idioma. Me he sentido mudo y sin posibilidad de hacerme entender. Y no ha sido agradable. 

Pero, a la vez, me he dado cuenta de que la individualidad que está instaurada en nuestra sociedad global, a veces tiene su lado positivo. Me explico:

No puedo expresarme y comunicarme correctamente con los que me rodean, pero tengo necesidades que atender, como comprar comida, sacarme una tarjeta para el bus o empadronarme. En mi entorno, todo eso sería algo rutinario, sencillo y elemental. Sin la más mínima importancia. Fuera de él, todo es una aventura que puede ser estresante. Pero, por mí mismo, sin relacionarme con nadie, puedo comprar los productos en un autoservicio, puedo sacar mi tarjeta del bus en una máquina, puedo tomar un plano en la oficina de turismo e informarme de las cosas importantes... todo eso, sin comunicarme con nadie, sin decir nada más que lo mínimo. Bien, por un lado, porque soy capaz de alcanzar mi objetivo. Mal por el otro porque no estoy cubriendo mi otra necesidad, que es la de comunicarme. 

En fin, que todo tiene su lado bueno y, a pesar de lo malo, vale con darle la vuelta a la moneda. Siempre hay otra cara a la que mirar. 

P.D.: Sé que es un vídeo, a estas alturas, más que conocido y que se ha convertido en un pequeño símbolo de protesta (a la que me sumo), pero uno no puede evitar sentirse aludido por la historia.


miércoles, 24 de octubre de 2012

ASIDEROS

¿Con qué te quedas esencialmente para que tu ánimo y tu espíritu no se despeñen? ¿Qué es fundamental para que las personas podamos encontrar el equilibrio emocional?

Uno siempre busca asideros en su día a día para que no se desmorone el suelo que tiene bajo sus pies. O, al menos, yo lo hago.

Debes quitar demasiada costra, demasiadas capas hasta llegar a la dermis, o más allá,  del asunto. Creo que, en esa búsqueda, todos anhelamos encontrar cariño, felicidad y desarrollo personal. Más allá de esos tres aspectos, existen mil y un matices y estudios psicológicos que uno desconoce pero, el sentido común me dice que, todos queremos que nos quieran y respeten, para, a través del cariño, encontrar la felicidad y sentirnos plenos como personas.

Son tiempos oscuros que hacen que la búsqueda de esas cosas se tenga que hacer en la penumbra, con poca luz, con poca visibilidad, y siempre intuyendo dónde o hacia dónde mirar y si las personas que nos rodean son las adecuadas para encontrar esos pilares básicos.

Creo poder decir que soy afortunado por tener o haber tenido, gente a mi alrededor que me ha aportado, en algún momento, gran parte de la felicidad que me ha permitido no revolcarme por los campos del desánimo. Incluso, estando en ellos, siempre he tenido una mano que me ha levantado.

Todos tendemos a pensar que la familia es lo más importante. Siempre en términos lógicos y bajo criterios preestablecidos de filiación a un grupo fundamental para nosotros. No obstante, cabe matizar que, la familia, en muchas ocasiones, es fuente de dichas, pero también de gran sufrimiento.

En cuanto a las amistades, uno no sabe qué responder a la pregunta de si te eligen o las eliges. Casi es más un pequeño puzzle en el que vas encontrando piezas que encajan y a las que adherirte para reconfortarte, para sentirte parte de un grupo (esa necesidad animal) con el que identificarte. También soy afortunado en ese sentido porque, a lo largo de mi vida, he encontrado y tengo a mi alrededor, personas que contenían esa base fundamental, esas esencia, que uno busca en su deambular vital. Con ellos no solo cueces, sino que enriqueces.

Y es fascinante pensar en las mil casualidades que deben darse para cruzarte con alguien con el que, finalmente, puedas entablar amistad. Pero, además, es más increíble aún lo trabajoso y reconfortante, a la vez, que puede ser mantener esa nueva relación que surgió un día de la nada. Buscas exprimir el asunto, separar el grano de la paja, para quedarte con lo fundamental, lo válido de ese roce, y que eso sea lo que queda en ti, lo que te permite agarrarte para no venirte abajo.

Pero uno no tiene tiempo en el día a día para profundizar tanto en pensamientos tan gordos, tan espesos. Uno lo hace todo de manera mecánica, como conducir o montar en bicicleta. Son esos mecanismos de aprendizaje que nos dan tantos años de evolución y que, cuando das un pequeño paso a atrás, para coger perspectiva, como ahora con esta reflexión, sientes lo importante que son en tu vida, como tu sistema inmunológico, tu capacidad de aprendizaje o tu destreza con los objetos. Algo fundamental para sobrevivir en el día a día. 


Hoy pienso en lo que pierde uno cuando en su día a día, determinadas personas dejan de formar parte de su rutina, y el nuevo abanico de ejercicios interiores que, por ese motivo, se te desvelan y contra los que no sabes si estarás a la altura (intuimos que sí). 

Sería bueno, otro día, reflexionar sobre el conformismo y la rutina, fuentes de aparente seguridad pero de pérdida de evolución.



jueves, 16 de agosto de 2012

FUNDIDO EN NEGRO


Te levantas, tomas tu café, miras las noticias en el móvil, te arreglas, te vas al trabajo, comentas con tus compañeros, comes, piensas, en el camino de vuelta, que las cosas no pueden seguir así, que han de cambiar, te acuerdas de la hipoteca, de los recibos, crees que no lo vas a conseguir, que no vas a llegar…

NO ESTÁS
Y, a la mañana siguiente, no suena el despertador, no hay que levantarse. Buscas a la gente, y la gente no estás. Está todo oscuro, muy oscuro. Y tú… tú no estás. Y no te has dado ni cuenta.

Porque fue un día como otro cualquiera, un día normal sin sospechas de que iba a ser el día. Porque nadie pensaba que pudiera serlo. Ni tú mismo, que vivías con tantas preocupaciones en la cabeza, con tantos planes, con esa sensación de inmortalidad o de lejanía, como si nada fuera con uno… Y ese día, de repente, se presentó.

Y aparecieron muchas lágrimas y muchos vacíos en las personas que te querían y te apreciaban, que contaban contigo en sus días, en su rutina… Y ya no pueden contar más.

Y, entre tanto, tú no te diste cuenta de que estabas equivocado, de que le diste demasiada importancia a todo, menos a lo importante, precisamente por esa idea que tienes de aplazar el problema, de que son otros los que lo sufren, pero tú no. Y es mejor, pero no te ayuda en tu día a día. Porque debiste pensar que esto eran dos días y que tenían que estar llenos de grandes momentos, para que la huella que dejaras marcada, fuera imborrable, para ti y para todos los que te conocieron, que no fuera una pena, sino una celebración a tu salud… pero no supiste. No supimos.

Sientes que te has ido de la fiesta en lo mejor, que te han echado y no lo esperabas, que todavía te quedaba por bailar un buen rato y que, mientras otros aún lo siguen haciendo, tú esperas, sin saber bien dónde y a quién, pensando que podías haberlo hecho mejor, que, de tener otra oportunidad, tratarías de hacerlo mejor.




viernes, 13 de julio de 2012

UN DÍA TRISTE

No sabía que hoy iba a ser otro día triste, de esos en los que uno piensa que nada de lo que ocurre puede ser cierto y que es todo “un sueño de Antonio Resines”.

Me he despertado recordando una conversación de cuando era pequeño, con mis amigos del barrio, en una tarde de verano caluroso bajo la sombra de unos árboles mientras hacíamos perrerías a unas hormigas.

Uno de mis amigos me preguntaba que, si tuviese la posibilidad de que se me concedieran tres deseos, qué pediría. La verdad es que no recuerdo bien qué contesté, pero sí recuerdo lo que mi amigo me dijo, muy inteligentemente; “si tuviera tres deseos, pediría que, con el tercero,  me concedieran tres más”. Me quedé helado. ¿Cómo había llegado a esa conclusión tan grandiosa y cómo no se me había ocurrido a mí también?

La cosa es que me quedé pensando varios días sobre ello (se me ha ido de las manos, y, mira tú; hasta hoy, sigo dándole vueltas) y empecé a divagar sobre qué habilidades me hubiese gustado tener; que si ser invisible, que si ser inmortal, ser muy fuerte… en fin, todo lo que los comics me habían podido meter en la cabeza. Pero, una de las cosas que más me llamaba la atención era poder tener el don de convencer a la gente de que, únicamente pudieran hacer cosas buenas. Así de imbécil podía ser de pequeño (y algo me ha quedado a día de hoy), pudiendo dominar las mentes de la gente en mi maquiavélico beneficio, voy yo, y decido hacer el bien, y sin sacarme los calzoncillos por fuera.

El caso es que, tal y como estamos hoy, con la de estacazos al sentido común, la educación, la ética, el ánimo de la gente, que nos deleitan cada día los que nos dirigen, he amanecido con aquella idea, pensando en que, todos y cada uno de los políticos que participan de esta gran casta de privilegiados, (in)capaces de, sin que uno lo desee, hundir una vida (o varias) sin despeinarse y pensando en lo que hay para cenar esa noche, albergarían en su interior, aún a pesar de esa maldad intrínseca que guardan en lo más profundo, el casto y sano principio del bien, para que, a la hora de gestionar las vidas de este país, se dirigiesen a nosotros con frases como:

-         “Estimados ciudadanos: dado que nos debemos a vosotros, no podemos dejar las vidas de las personas que componen este país, a la deriva, sin un asidero en el que depositar sus puntos de partida, por lo que vamos a llevar a cabo una verdadera gestión de los medios y recursos de este país y lo vamos a dejar en manos de gente cualificada para ello, gente que conozca a la perfección cada área, cada aspecto de la globalidad que se maneja en la gestión de un país, para que, con los más cualificados, podamos autogestionarnos, sin dependencias externas más allá de las relaciones estrictamente necesarias entre países, aludiendo siempre al bien común, eliminado a todo aquél que no funcione bajo tal precepto y defienda lo unitario, el beneficio personal y su lucro, con la verdad siempre en la mirada, pudiendo dirigirse a cada ciudadano con la certeza de haber dado lo mejor de sí mismo en aras de esta idea, donde la igualdad entre todos, hombres y mujeres, no sea un concepto, sino una realidad, que no se limite a creencias o condiciones, ya sean ideológicas, religiosas, de sexo o de cualquier otro tipo. Una sociedad, no un mundo perfecto, un conjunto de personas que pueden vivir las unas con las otras respetando lo que les hace únicos a cada uno, para ser una gran masa compacta, en la que las oportunidades y recursos para que cada ciudadano pueda decidir su propio camino, estén, precísamente, destinados a ese camino, donde quienes rijan y gestionen dichos recursos, velen por que éstos estén asignados con criterios de igualdad y solidaridad.
Vamos a dejar paso a todos aquellos que se sientan preparados para esta tarea, y vamos a aprender de ellos, desde la mayor humildad con la que una persona puede vivir. Y vamos hacerlo por respeto a todos y cada uno de los ciudadanos que un día depositaron su confianza en nosotros.

Les deseamos suerte y, sobre todo, pedimos disculpas por todos los errores que cometimos y por los que asumimos las consecuencias que de ellos se deriven”

Estoy convencido que algo así ya lo pensaron muchos otros, más listos y grandes, y a los que la historia ha reconocido y recordado más de lo que lo hará conmigo, pero ése, y no otro, es el mundo que me gustaría que mis hijos conocieran. Ése es el que yo no seré capaz de dejarles, porque no me habré levantado nunca en contra de todos aquellos que tratan de impedir que eso ocurra. No me habré llevado un golpe de los represivos, no me habrán detenido por mis ideas, no me habrán acusado falsamente, no me habrán insultado y vilipendiado para hundirme… No lo habrán hecho porque no me habrán visto nunca.

Yo sólo hablo. Pero el movimiento se demuestra andando. Y aún no sé si he dado algún paso, quizás por miedo, quizás por comodidad, quizás por falta de compromiso y coherencia conmigo mismo. Quizás por todo y quizás por nada. Yo sólo sé que escribo lo que siento y pienso, pero que no sé transformar, en mi día a día, ese movimiento en potencia, en acto. Y que no me siento bien por ello.

Sólo quiero tratar de hacerlo bien y que se me permita equivocarme. Tener la humildad suficiente como para reconocer mi error, y no repetirlo porque habré aprendido de él. Y con todo, poder dejarles algo, aunque sean estas letras, a los que después de mí, vienen, Y que tengan la posibilidad de conocer eso que yo quisiera haber sabido poder darles, pero que me pasé la vida aprendiendo cómo hacerlo.