viernes, 1 de enero de 2016

Refugiados y expatriados

De camino a casa, me apareció este pensamiento...



Mientras viajo de camino a España en mis vacaciones de mi trabajo encontrado fuera, en la "comodidad" del avión, leo en el periódico nuevas cosas (menos cada vez) sobre la llegada de refugiados a las costas griegas, con una foto tan impactante como la del niño tendido en una de las playas griegas o turcas; un padre, casi cubierto por el agua, sostiene en un brazo a un bebé y en el otro a su otro hijo, tratando de subirlos a un bote de rescate...yo miro a los míos, sentados en sus butacas del avión mientras ven el el portátil una película de dibujos y pienso que no sé de qué me quejo tanto por haber tenido que irme fuera de España a buscarnos la vida. Nada como una dosis de buena realidad, para que nos pongan en nuestro sitio...

Yo soy tan normal como tú... y tenía mi vida

No puedo alcanzar a comprender el grado de desesperación que esas familias deben sentir para arriesgarse de esa manera...ellos y sus familias.
La mitad de los fallecidos en las costas, son niños...un dato así le deja a uno helado. 
La foto del pequeño tendido en la playa y, posteriormente, recogido por un miembro de salvamento marítimo dio la vuelta al mundo. Para mí, fue todo un shock al verla...creo que está cargada de tanta tragedia q podrían habérsela ahorrado muchos medios q querían buscar más el sensacionalismo y la venta de ejemplares q dar una noticia.

Detrás de esa foto hay historias tremendamente trágicas, de guerras basadas en intereses de países situados a miles de Kms de allí, con bombas lanzadas desde cómodos sofás por gente con las manos "limpias" y conciencias tranquilas (nada más lejos). Guerras donde los daños colaterales tienen la edad de mis hijos y madres como la de ellos, q darían (y finalmente acaban dando, aunque sin éxito) su vida por un mundo mejor para sus hijos. 

Ahora lo tapamos todo con las Navidades, las cenas y comidas de trabajo (el que lo tenga), las reuniones (el que pueda reunirse con los suyos) y los regalos, muchos innecesarios...esta realidad tan bruta, que solo sabe de extremos, ha aniquilado la capacidad de asimilación del personal, la mirada crítica, a base de repetirnos tragedia diaria en los medios. De tanto y tan a diario, preferimos mirar para otro lado, hacernos los sordos y ciegos, como cuando vemos a un mendigo en la calle q se dirige a nosotros...no miramos para tener nuestra conciencia tranquila, para no reprocharnos en ese momento, que somos culpables en cierta medida de todo lo q nos rodea. Yo soy uno más. 
Miro a los niños y me vuelve el recuerdo de ese padre desesperado tratando se sacar a sus hijos de esa desesperación.

Es abrumador pensar que uno solo no consigue cambiar un engranaje que devasta a esa velocidad...pensamos q con "democracia", como en estas recientes elecciones, el cambio es posible, que mi voto moverá las piezas en otro sentido...pero lamentablemente, no es así. Lobbies y empresas rigen los intereses, los gobiernos y las personas y no saben de familias emigradas ni de padres refugiados ahogándose en el mar...y cada año, por Navidad, debería uno manejar un poquito más de energía positiva, algo más de esperanza...pero, es tan difícil!

Desde hace tiempo, el coste de la felicidad o la alegría, es muy alto. Cada vez para más...en lo pequeño se encuentra lo más grande, pero no somos capaces de verlo. Eso no lo venden en los grandes almacenes.


Seguiremos intentándolo un año más.

viernes, 16 de octubre de 2015

Segundas partes nunca fueron buenas.


Segunda parte del experimento del otro día. 


Cabe aclarar que se trata de, precisamente, éso; un experimento y que, sobre todo y, ante todo, se trata de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... o no. El personaje está basado en la pura improvisación que, a su vez, se basa en recuerdos propios y ajenos y en vivencias acumuladas y extraídas, en muchos casos, fuera de mi persona.


Los comentarios recibidos creo que se han debido a mi información sesgada y poco clara. La prueba está más orientada al funcionamiento del blog que al funcionamiento personal (y económico) de mi vida. Si se diera el caso, bienvenido sea. Pero, el realismo nos debe limitar las ganas de ver el mundo happy. 

Este segundo corte será, seguramente, el último que copie aquí, hasta ver cómo evoluciono. Mientras, habrá posts nuevos con pensamientos, como siempre, de baja calidad (sigue leyendo).

Pequeño en lo inmenso


"[...]El hecho de mencionar a la gente que te has quedado en el paro en mitad de una crisis global pero que, debido a los Gobiernos que han tomado decisiones ajenas a tu conocimiento y aprobación (de ahí lo de “democracia” que antes mencionaba), azota a tu país con especial fuerza, debe ser que no despierta un mínimo de sensibilidad, y ni muchos menos, empatía, en ese tonto del culo que te suelta lo de “búscate un trabajo de verdad…”, como si los casi seis millones que me acompañan en la lista de desempleados estuvieran aburridos de descartar ofertas de empleo a diario. Te lo dice uno que vive a todo trapo porque la ayuda divina, familiar y lo de especular con los pisos en el momento del boom inmobiliario, le hace vivir por encima del bien y del mal. Eso que dicen algunos de estar en otra Liga.

Pero, bueno, contextualizado medianamente el momento en el que me encuentro, intento ahora ordenar un poco todo este proceso que me ha llevado a este punto de incertidumbre y miedo escénico a no saber para dónde tirar y si lo que he decidido me va a llevar a buen puerto o a ser tan mítico como el Titanic en ese querido círculo afectivo del que hablaba.   

Empezaremos diciendo que, los años de colegio e instituto fueron, vistos con la perspectiva del tiempo vivido y comparados con el momento actual, buenos. Y más para mi generación; la del Naranjito del Mundial 82, esa que ha visto, hasta ahora, dos Reyes, tres Papas, la peseta y el cambio al timo de la estampita, también conocido como Euro, incluso llegó a saber qué era el ECU, la de Dartacán y los tres Mosqueperros, el Coche Fantástico, las dos horas de digestión para poder bañarte, la del cómo vaya yo y lo encuentre, la EGB y tantas otras cosas que han marcado a los que andamos por los cuarenta sin temor a entrar en esa otra crisis; la de la edad y el pelo que sea cae.

Como digo, buenos años, pegándole patadas al balón, abusando de uno por estar gordo, riéndose del otro por tener granos, del empollón… por ser empollón, de hacer viajes en un SEAT 131 seis personas sin cinturón ni silla de seguridad ni aire acondicionado, y no pasar ni media, de empezar a conocer las obligaciones más serias en el instituto y, más tarde, con la Selectividad (ahora, modernamente llamada, Reválida) porque nos habíamos tragado el cuento de que estudiando y sacándote una carrera serías una persona de provecho y con un futuro asegurado.

Menciono todo esto porque, los que hemos vivido todas esas cosas y hemos crecido con todas ellas, tenemos, pasados los años, un ADN común que te hace empatizar instantáneamente con otro de tu especie cuando sale a colación cualquier tema de entonces o cualquier situación actual, como el paro de un universitario, que ha llevado una vida paralela a la tuya (él también tuvo que hacer dos horas de digestión, seguro).

Esa es la estafa tras la estafa. Ahí es donde nuestra generación picó el anzuelo y se la comió doblada. Mientras te dejabas las cejas en los estudios porque era la mejor manera de acceder con garantías al mercado de trabajo, había unos tipos que nos estaban preparando el escenario para la tragicomedia que ahora representamos y que nos vomitan a diario en los medios. Y la gran mayoría anda de rositas mientras los pringados nos comemos las consecuencias de todo lo sustraído..
¡A saber el nombre que nos otorgarán los puretas de ahora y los futuros! A esos que les encanta poner nombres originales a las vidas de otros, para meter a todo Dios en el mismo saco y colgarse la medalla de la ocurrencia (generación X, JASP, generación Ni-Ni, generación perdida…).
Me identifico completamente con todos los que tienen ese sentimiento de frustración y que, en ocasiones, se ven obligados a  responder con las frases por lo menos tienes trabajo, o bien, por lo menos tienes trabajo “de lo tuyo”, que es todavía más hiriente. Es como si tienes entradas de primera fila, que te han costado  un huevo, y anulan el partido. Todos a casa, aquí no hay nada que ver, no me formen corrillos…

Somos, además, esa generación que ha saboreado, en algunos casos, ligera y brevemente, eso que algunos (quizás los mismos gilipollas que ponen nombre a las generaciones de jóvenes) denominan el estado del bienestar, que es lo que todo el mundo entiende por vivir de puta madre, para, rápidamente, acusarnos de haber vivido por encima de nuestras posibilidades, los mismos que han vivido por encima de las “nuestras” posibilidades, por cierto.

Ese estado del bienestar antes mencionado se puede identificar a través de muchos y diversos ejemplos, casi todos asimilados a través de las cosas materiales, con las que poder aparentar es nivelaco de vida adquirido, ya sea con tecnología, con pantallas de televisión cuando más grandes mejor, coches, hipotecas con sorpresa para vacaciones en lugares remotos (para colgarlas en Facebook y presumir en público)… todo valía porque todo era posible. Verdaderos analfabetos que se levantaban (o eso decían) 8.000 € al mes (algunos, muchos más. Pero para mí, ya son mucho) construyendo sin parar todas las futuras casas vacías de España, y que tuvieron que entregar más tarde, el chalecito con la piscina, también vacía, al banco, para volver a la casa del pueblo, de donde se había ido en un BMW con la música a tope y ahora llegaban en el autobús de línea. Esos que especularon con el fututo de muchas generaciones, con el trabajo de muchos años de todos aquellos que quisieron sacarle un poco más a sus ahorros, y se encontraron con sellos que no valían nada, con inversiones fraudulentas y con ese trabajo y esos ahorros de tantos madrugones evaporados por las ganas de más de unos pocos.

Ese 1% de la población mundial que, hoy día, tienen lo mismo que el otro 99% restante. Enfrente, esa generación del estado del bienestar de papel cartón, de humo, que es lo que nos vendieron. Asumámoslo; el mundo se está yendo a tomar por saco y nosotros estamos dentro.

Entre tanto. nos hemos topado con la otra generación, que es la que nos ha tenido que volver a acoger en su seno, y que, en ocasiones, no recuerdan, con muchas más frecuencia de la que nos gustaría, que no tenemos de qué quejarnos, que no tenemos ni puñetera idea de lo que es pasar necesidad, que, en mis tiempos, comías una patata o pan con aceite, si tenías la suerte de que lo había… incluso con la anterior a ellos, que es la que mantiene a las otras dos (esos abuelos que estiran como el chicle sus pensiones).

Es una verdadera involución social Express. Hemos conseguido retroceder en el tiempo mil veces mejor que  con el Delorean de Michael J. Fox. Y nos toca quedarnos ahí, lamentándonos y deseando que todo esto sea un mal sueño, como el de Resines en Los Serrano,  y que, realmente, despertemos en otra realidad.

Y, en esa realidad, se me ocurre a mí escribir.

Después de los gilipollas de los nombre de las generaciones de jóvenes, llamémosle GILIS (Gilipollas- Listillos), están los que escriben en periódicos de grandes tiradas dominados por Lobbies de otro tiempo, que las épocas de crisis han dado a la humanidad, históricamente, personajes que han aportado a nuestra civilización grandes avances o grandes descubrimientos (sin mencionar nunca un ejemplo porque, verdaderamente: ¿hemos dejado alguna vez de estar en crisis?). Esos que siempre te dicen que, de la necesidad, surge la idea que cambiará el mundo. Y, a mí, personalmente, y como verdadero mindundi del día a día, no me queda más remedio que cagarme en sus muelas una y mil veces por ser tan capullos para decir semejantes pendejadas. En la cola del paro, en lugar de Sudokus, la gente intenta resolver álgebra avanzado o encontrar la vacuna a todas las enfermedades…aunque, pensándolo bien, es en la cola del paro donde están los mejor preparados profesionalmente para semejantes logros… ¡todavía van a tener razón estos capullos!

Yo no soy listo. He de reconocerlo. Del montón, ramplón. De los que pasa desapercibido, de los que no asume riesgos, de los que no descubrirá esa vacuna porque piensa que ya están los otros, con la motivación, ganas y coraje suficiente para tomar una decisión importante en su vida, y capaces de vencer el miedo al estatismo, asumiendo el riesgo de la posible hostia que se puedan dar al salirles todo el plan torcido. Ese no soy yo. Supongo que, por eso, me da por escribir. 

martes, 13 de octubre de 2015

Un, dos, tres... probando

Felices ideas que le pasan a uno por la cabeza...Vamos a probar a ver qué pasa, a ver si hay señal al otro lado. De salir fallido el experimento (con una previsión alta de que así suceda), probaremos otras alternativas, como la publicidad facilona de consumo y sexismo...o no.

Vamos a ir probando en pequeñas dosis. Empezamos, por ser originales, por el principio de todo... la introducción a la idea (muy original, como puede verse). Dejaremos que se vaya cocinando a fuego lento, y probamos qué pasa...





Capítulo 1. De cómo partir de una idea de mierda.




Es una verdadera mierda, por mucho que me empeñe en querer que parezca otra cosa. Realmente no tengo ni idea ni del cómo ni del camino a seguir, pero, al menos, me voy a dar el gusto de intentarlo, que para quedarme apoltronado en el sofá, ya tendré tiempo.

Esta clase de pensamientos son los que me rondan durante meses la cabeza. Entras en bucle y no sales de ahí ni a tiros. No avanzas. Entras en una rotonda y no coges ninguna salida. Solo haces el capullo. Esa es mi tarea en estos últimos días.

Y todo provocado por algo tan simple como quedarte en la calle en el peor momento de la historia económica de España desde que tenemos eso que llaman democracia. Me recuerda a cuando te ponen esa mano fría en la espalda por debajo de la camiseta, y te dan ganas de cagarte en los muertos de alguno, pero cuando te das la vuelta y ves quién es, te tienes que callar y poner cara de que la gracia ha sido cojonuda.

Esa cara de gilipollas es la que se me quedó cuando me dijeron que, después de 12 años en la empresa, me quedaba fuera. No te lo esperas, disimulas tu cara de sorpresa y pones una sonrisa como de “pero, ¿qué me estás contando, pedazo de …?”. ¿Cómo me vas a poner a mí en la calle con la cantidad de inútiles que tienes para despedir? Explícame entonces por qué te has fijado en mí que, a pesar de estar hasta las narices de echar horas gratis para ti, de currar cuando no toca, de quitarme tiempo de mi vida, y pringar como un gili, resulta que me he convertido en tu candidato”. Todo eso dice tu sonrisa pero, como el que te lo dice es el jefe que te lleva acongojando, por decirlo elegante, durante años, te callas e intentas aparentar que encajas con entereza un momento así.  

Algo tan teóricamente banal y simple, como que una relación laboral se acaba, se convierte entonces para mí en el principio del fin del tipo de vida que había conocido hasta el momento. Y una de las consecuencias que ha hecho que me vea en el punto en el que me encuentro ahora. De ahí que haya llegado a la conclusión de que esta idea es descabellada, la cojas por donde la cojas, pero ese punto de anómalo, por denominarlo de algún modo, me atrae, así es que, sigo, sin tener ni idea, pero sigo. ¿Que de qué estoy hablando? Pues de hacerme escritor, porque yo lo valgo. De escribir, por el mero hecho de que me gusta, sin tener ni idea ni de cómo ni sobre qué hacerlo y, lo peor, querer hacer de ello mi modo de sustento económico.

Partimos de la base de que la crisis en España, que será como el Naranjito (ese icono español que acompaña a muchas generaciones y que hace a su vez, que muchos niños miren a sus padres con cara de ¿de qué me hablas?), no va a ser algo que vaya a durar poco tiempo, que ha provocado que mucha gente viva situaciones de necesidad inimaginables años atrás y que provoca aún un estado de desánimo y hartura en la gente, que como para coger un libro y más de un mindundi como yo, al que no conoce nadie. Para colmo, se supone que hay que desarrollar un estilo, llamar la atención de alguien, tener recursos para la escritura, seguir una serie de pautas (que no conozco), mínima cultura general, desarrollar todo el proceso como un edificio, paso a paso y partiendo de lo básico para alcanzar el concepto global… En fin, que se le quitan las ganas a uno de empezar a hacer nada con tanto ritual. Y, luego, si tienes lo que hay que tener para terminarlo, encuentra a alguien que lo quiera publicar. Y, después, encuentra a alguien que, una vez publicado, lo quiera leer. Es más fácil aprender chino cantonés, me parece a mí.

Para más INRI, no sé explicar nada sin hacer un dibujo o un símil con una situación cómica o surrealista, lo cual dice poco de mí. Lo del dibujito me viene de pequeñito. Me costó empezar a hablar y se me daba mejor escribir (ahora que lo pienso, siempre he estado un poco limitado intelectualmente). Esto hace que no sepas ni indicar una calle sin que te de el ataque de ansiedad al no poder dibujarlo en una servilleta por no tener un boli a mano. Y lo de los símiles, por la simpleza de mi mente al necesitar poner situaciones anormales en contextos más jocosos, para asumir mi incapacidad de encajar las cosas que no tengo planeadas.

Sumémosle a toda esta ecuación el hecho de que, si tomas una decisión como esta, el mensaje que transmites a gran parte de tu entorno, ya sea familiar o de amigos, es el de “ªéste se ha vuelto gilipollas”. Risoterapia gratis a mi costa por semejante idea y frases como “deja de decir idioteces y búscate un trabajo de verdad. A mí también me gustaría vivir del cuento, pero me jodo y me toca madrugar”. Y, en ese momento, te das cuenta de que no eres el único que dice gilipolleces. Porque, reconozcámoslo, todos tenemos un tonto del culo muy cerca de nosotros...

martes, 30 de junio de 2015

Ola de ... terror.

En ocasiones está bien dejar pasar un tiempo sin escribir. Los acontecimientos se suceden tan rápido y se agolpan tan a lo bruto, que necesitas tiempo para asimilar tantas cosas que ocurren a diario a nuestro alrededor. El panorama político, como siempre, se lleva la palma. 

La actual situación de Grecia, con sus acosadores al acecho para exigir al paciente sus órganos antes de acabar con él, es un tipo de terrorismo con el que nadie se escandaliza tanto. Recientemente ha habido una gran matanza de turistas en Túnez; el modo, la forma, lo que detrás se esconde (o no tanto) nos ha parecido a todos sobrecogedor. No cabe duda de que un acto terrorista como ese, no puede dejar indiferente a nadie. Es brutal y cargado de horror en cada una de las balas disparadas. 


El pez grande
El problema es que, creo que va tocando definir la palabra terrorismo. La RAE dice que el terrorismo es "la dominación por el terror" o, incluso "una sucesión de actos de violencia para infundir terror". Quizás, el hecho de que aparezca la palabra violencia, hace que no asociemos nada de lo que Europa y su famosa Troika, están haciendo con Grecia. No ha violencia explícita, no hay un arma visible que dispara balas de odio, que deja a la gente sin esperanza, en algunos casos, sin vida, sin planes, sin ese futuro deseado para los hijos y las generaciones venideras, ese mundo mejor que todos ansiamos. No. No hay violencia, no hay sangre en los telediarios que haga pensar que lo de Europa, el FMI, el BCE y el querido Gobierno de Alemania, pueda considerarse como un acto terrorista. 

Pero, quizás sea bueno volver a la definición primera: dominación por el terror. 

El capitalismos desbocado, loco y fuera de control que ha evolucionado como esas máquinas que acaban pensando por sí mismas y acabando con los que la crearon, hace que el fin justifique los medios, que Maquiavelo, tantos años después, tuviera razón, que el rodillo pase por encima de naciones enteras, sin necesidad de que se aprieten gatillos, se invadan países o se aborden los barcos cargados de tesoros. Basta con reclamar como propio lo que, con engaños, se ha negociado antes. 

Aprender de los errores para no repetir las catástrofes de la historia. 

No se estila. No conviene.

Creo que el artículo de Vincenc Navarro es tan bueno y tan claro, que es mejor que me calle y no siga escribiendo sobre ello. 

De lo que puedo hablar es de una sensación de asco que es doble y el motivo no es otro que pensar que mi nacionalidad es la de un país que ha apoyado ese terrorismo contra su propia masa social, principalmente por unos Gobiernos - no solo el del PP- que, utilizando la democracia como herramienta legal (hay que darle una forma más cordial a lo que se va a hacer más adelante... "es un Gobierno elegido por lo españoles", se les llena a algunos la boca diciéndolo) cumplen a pies juntillas lo impuesto por los mandatarios de Europa. Y, por otro lado, porque mi trabajo, esfuerzo y día a día, transcurre en aquel país de donde parte todo en Europa, donde todos se cuelgan la medalla del orden y el saber hacer, cuando somo todos los que lo permitimos, igual de cómplices y culpables que ellos mismos. 

Un vídeo sobre la manipulación de alimentos y la manipulación de las opiniones y mensajes que llegan a los consumidores, acababa con una frase tan elocuente como "todo esto es posible... porque ustedes nos lo permiten". Aplíquese esta frase a la situación social de neocapitalismo despótico que rige actualmente el futuro de gente como tú y como yo, y viene más que al pelo. 

Yo, por mi parte, pienso como tantos otro borregos: no soy dueño de ninguna de mis decisiones. Creo que lo que hago en mi día a día, lo hago porque puedo, porque quiero... es mi decisión. Pero, nada de eso. Vivo engañado. Ya ha pasado y sigue pasando, sigue quedándose gente fuera de sus casas, esas que daban por seguras, sigue habiendo gente que no puede estudiar, aquellos con planes de vida que pasaban por una educación especializada. Sigue habiendo gente que no puede acceder a cuidados médicos y que acaba muriendo. Y todos pensábamos que eso no iba a pasar. Que lo que teníamos iba a ser para siempre. Los griegos pueden hablar con mucho más conocimiento de qué es esa sensación.  

 ¿Y, qué puedo arreglar yo solo contra un sistema que arrasa allá por dónde va? ¿Qué soy capaz de hacer para levantarme contra aquello de lo que me quejo, que me limita, que decide por mí, que me obliga a tomar decisiones que no deseo? Yo solo no puedo hacer nada, incluso con una convicción fuerte. Nada. Yo solo, nada.

Pensar así es una verdadera tristeza. No se trata de ponerme un antifaz y armadura y salir a cambiar el mundo y luchar contra los malos. Creo que algo tan grande, requiere algo más pequeño. Creo que esa roca, necesita un goteo constante que erosione poco a poco, hasta abrir el agujero. Mi goteo está más que orientado: mi verdadera función es transmitir a mis hijos qué es un mundo mejor, qué es ser una buena persona, y qué puede hacer uno por los demás, para que, entre todos, acabemos cambiándolo todo. Yo voy a ser ese cimiento, para el que venga después de mí, y para todos los que después quieran acabar pensando que es posible no sucumbir, que es posible acabar con todo ello. Aprender de la historia y no repetir los errores, sino los aciertos. Otros lo hicieron, y nosotros lo haremos. Es cuestión de tiempo.


viernes, 8 de mayo de 2015

Un día más... un día menos

La energía que uno necesita a diario, la que mueve nuestro cuerpo para levantarnos intentar despejarnos con una ducha, o un café, la energía para vestirnos, para salir por la puerta y empezar un nuevo día; uno más, uno menos... de dónde viene?
Inmóvil mientras todo pasa

No hablo de la energía física, de las calorías que nos proporcionan los Julios que necesitamos para un simple parpadeo. Hablo más bien de esa energía aún más interna, de esa energía sin la que uno es incapaz de moverse. ¿Es la misma para todos? ¿Dónde hay que buscarla?

En mi caso, tengo tres baterías que me recuerdan a diario el por qué de todo. Tres motivos, tres argumentos de peso que, si bien en ocasiones pueden llegar a ser insuficientes ante tanto peso que abruma a uno, en realidad son la base de todo. Creo que lo llaman, en otros ámbitos, "leitmotiv", aunque mi inconsciencia para utilizar cultismos que desconozco me hace mezclar conceptos y acercarme demasiado a los niveles intelectuales de Gran Hermano.

Un detalle que, a priori podía parecer algo negativo, parece que se ha convertido en un punto ligero de inflexión. Algo que hace que tu perspectiva, de repente, alcance una nueva óptica y te haga entender poco a poco de qué están hechas las cosas importantes de la vida. Si empiezo a pillarlo, es que no voy mal encaminado. Mi idea es empezar a fijarme con más atención en los pequeños detalles. Por ahí voy encontrando las miguitas de pan del camino que quiero seguir. 

Detalles tan simples como una caricia cuando estamos sentados juntos. Un gesto inconsciente, automático, acompañado de su cara de asombro por lo que ven y reciben en ese momento. Y contemplarlo, y disfrutarlo, y saborearlo... porque es ahí donde están los momentos de orgullo, alegría, emoción y todo en uno mezclado, que te remueven por dentro y te humedecen los ojos. Son esas historias apasionantes vividas al máximo, con una ingenuidad y una entrega como solo lo pueden hacer los niños. Una palabra mal dicha que está cargada de dulzura, una sonrisa pícara cuando compartes un secreto que no es capaz de aguantar ni cinco segundos... 

Y un esfuerzo diario por pelear contra uno mismo y contra todo para seguir haciéndolo lo mejor que una sabe o puede, acompañando, empujando o tirando de todo cuando el otro no puede. Y me vuelve a invadir el orgullo y la emoción. 

Sigo pensando que la vida es la que nos toca, no la que queremos o nos gustaría. Son todas esas cosas que hay entre medias mientras nos preocupamos o hacemos planes, mientras discutimos o perdemos el tiempo en nimiedades. Son todas esas cosas que nos perdemos por ser como somos. Son esos besos que no damos, ese perdona que no decimos, ese orgullo que no nos tragamos, ese te quiero que olvidamos y esas caricias y sonrisas que no vemos por estar mirando la pantalla de un teléfono. Todo eso porque somos tontos, y no sabemos saborearlo, porque estamos programados para, cada vez más, cada vez menos. Y yo estoy metido en todos esos errores que menciono, y sigo queriendo dejar de meter la pata. Sigo queriendo ser un poco el que era antes, pero con las cosas que ya he vivido y de las que he aprendido. Quiero dejar de intentar resolver una ecuación plagada de variables que no me han enseñado a solucionar y no perderme los detalles de esas pequeñas cosas... 

Porque hace ya dos años de la última vez que, o seis de aquella historia que aún recuerdas, o cuatro de nuestra primera vez en algo, o mucho... o poco, de la última vez que vimos a alguien, y ese alguien ya no vuelve. Y piensas "aun te echo de menos. Te echo de menos cada día y cada día quiero poder hablarte, aunque no tenga nada que decirte. Pero quiero poder hacerlo y no puedo. Ya no puedo". 

Y entre medias, echas cuentas y los días van pasando. Y el tiempo va pasando. Y no quieres echar esas cuentas porque te pones triste, porque piensas en lo que has vivido, en lo que te gustaría aún vivir y en lo que podías haber hecho de no haber sido tan tonto.Y crees que estás perdiendo sensibilidad, que te estás endureciendo tanto que ya no te acuerdas de cuando te reías sin parar, de las bromas que hacías, de cuando te emocionabas... porque te vas desconectando. Te va faltando esa energía que te va apagando. 

Y vuelves a mirar a tus baterías, y vuelves a cargarte a base de los pequeños detalles. Y ha pasado un día más, y queda un día menos

sábado, 13 de diciembre de 2014

Cruce de caminos

¿Cuándo es buen momento para hacer reflexión sobre el camino que has recorrido? ¿Cuándo es buena idea sacar conclusiones? ¿Cuándo sabe uno que una etapa de su vida a llegado a su fin y que toca reinventarse?

No sé si es necesario que haya un cambio importante en la vida de uno para todas esas cosas que menciono: un nacimiento de un nuevo miembro en la familia, una defunción, un viaje con nuevas experiencias… ¿Se puede hacer reflexión en medio de la rutina? ¿Somos capaces de sacar conclusiones viviendo el día de la marmota una y otra vez?

Me da por pensar todo esto mientras me veo en un estado anímico extraño y en espiral, del que no salgo, bien por falta de tiempo, bien por falta de ganas o bien por mezcla de mil cosas más. La rutina diaria lleva una velocidad diferente a lo que uno necesita. El día tiene las horas contadas y las prioridades siempre están depositadas en otros u otras cosas, nunca en uno mismo, en aclarar las ideas y los estados de ánimo.

La nueva etapa que decidimos empezar ha supuesto y sigue suponiendo, muchos cambios en muchos aspectos: personal, familiar, cambios de percepción del nuevo entorno, comparación constante con lo acostumbrado… Es un esfuerzo diario bastante grande y, aunque algunas piezas encajan lentamente en el puzzle, la energía necesaria para continuar con el día a día es, para mí, demasiada. De ahí que uno se plantee si el camino que estamos andando es el bueno y si tanto esfuerzo tendrá recompensa en algún momento.
 La superación personal y los desafíos están muy bien. Saber dónde están los límites de cada uno y ver hasta dónde somos capaces de llegar, puede ser reconfortante, siempre y cuando se alcancen las metas planteadas a priori, pero hay que pensar también en el desgaste que supone esta empresa.


En este caso concreto, mis piezas aún no encajan. Sigo echando la vista a atrás, a una imagen y una idea de lo que uno tenía o pensaba que tenía, y no miro hacia delante, porque tampoco quiero ir mucho más allá. Es un poco extraña la sensación. Es como estar en un cruce y no saber hacia dónde tirar. Si sigues, estás inquieto porque no sabes qué te vas a encontrar y porque, incluso para llegar a ese punto, ya ha sido costoso. Si piensas en desandar lo andado, creyendo tener la seguridad de lo que conoces, piensas en para qué ha servido pues tanto esfuerzo en andar ese camino…Y al final, sigues en ese cruce, cansado, sin llegar, y sin estar en ningún lado. Y es más o menos así como uno se siente: en medio de la nada, enganchado a la idea de lo que quería que hubiese sido mientras debo abrazar la realidad de lo que ahora es.


Y me pregunto sobre cómo se hace esto de vivir la vida que a uno le toca… ¿O es la vida que uno elige? ¿Qué tipo de vida es la que vivimos; la que queremos o la que podemos?

sábado, 1 de noviembre de 2014

El ánimo

"Cerró los ojos por un momento. Aún podía ver las llamas del coche junto al restaurante. Disparos en el aeropuerto, un hombre asesinado, un coche bomba... Tenia miedo. Era evidente. La muerte era para él una fuente de pánico irremediable con la que llevaba años luchando. Su propia muerte le asustaba tanto o más como las que a diario veía en los informativos o en los periódicos. Quería hacer un sinfín de cosas. Emplear su vida en algo que le reportara satisfacción. Aprovechar el tiempo que le habían concedido y disfrutarlo al máximo para que, una vez en su cama, rodeado de los que más quería, pudiera despedirse de ellos mirándolos fijamente los ojos y sonriendo. La tranquilidad de una vida dedicada a él mismo y a los que le rodeaban. La felicidad de haber sido querido y haber amado sin esperar nada a cambio. Recordar lo vivido y decirse a sí mismo; enhorabuena, has sabido aprovechar tu oportunidad. Has sido feliz y has hecho feliz. Ahora puedes descansar en paz." 

Es curioso. Todos podemos cambiar. Nuestro mundo puede dar giros y giros, vuelcos y vueltas, pero, me he puesto a leer estas líneas de algo que empecé a escribir hace mucho y que siempre está rondándome la memoria, y he sonreído. Sé que no seré capaz de terminarlo nunca, pero me gusta pensar en las sensaciones y en todo lo que me rodeó cuando lo escribí. 

Y, lo que más me gusta es pensar que, aunque esa idea está puesta en la boca de uno de los personajes de esa novela iniciada y nunca acabada, sé que esa idea es mía, que no es algo abstracto puesto en la mente de otro, sino que es mi pensamiento... y que sigue siendo mi objetivo al final del camino. Haber hecho bien los deberes y que, al final, el balance de todo, sea positivo para todos aquellos que estuvieron conmigo. Imposible agradar a todos, pero impensable no hacerlo con los que más quieres. 

 Seguimos intentando que el camino recorrido, nos lleve un día a echar la vista a atrás con esa sonrisa en la boca. Ahora, el camino se ha puesto cuesta arriba, falta el ánimo en ocasiones y la boca sabe a veces amarga, pero la idea sigue siendo la misma. Y ese es el motor que todo lo mueve.